Lo primero: una democracia de mínimos

Elecciones regulares, significativas, libres y justas son lo mínimo a lo que podemos aspirar quienes queremos democracia en el país, y lo mínimo que debería ofrecernos una oposición capacitada para liderarnos

El 23 de enero de 1958 hubo que fundar la democracia sobre bases débiles, pero los acuerdos de mínimos le dieron impulso durante cuatro décadas

Para empezar a construir esa vigorosa democracia que todos queremos tener, es imprescindible darnos cuenta de los obstáculos puestos en el camino, a veces por el adversario, otras veces por nosotros mismos, para así poder adoptar una estrategia efectiva que pueda ayudar a desbaratarlos. En esta enumeración de obstáculos hay un espacio enorme para el debate y la controversia, por supuesto. ¿Quién, a fin de cuentas, ha tenido la claridad para terminar de entender el complejísimo momento por el que pasamos? 

No obstante, frente a la perspectiva de un horizonte democrático, ninguna excusa parece buena como para no persistir en el esfuerzo inquisitivo por comprender cómo estamos dibujando ese horizonte y qué nos impide alcanzarlo. 

De nuestra enumeración de dificultades, nacen tres que consideramos fundamentales. 

La primera es la desinformación, que siempre tiende a deslegitimar de la causa opositora. Hay un esfuerzo persistente por omitir información, decir poco o simplemente manipular, con la intención de dejar establecido que la causa opositora está al margen de las causas justas, que recurre a tácticas violentas, que contempla el golpe de Estado y, por tanto, se aleja de la tolerancia y las prácticas democráticas. 

La segunda es la tendencia a dejar todo en manos de terceros. El problema de aumentar exponencialmente la responsabilidad —sin duda crucial, pero insuficiente— de la comunidad internacional, es la disminución, en la misma medida, de la responsabilidad de actores internos claves como el propio liderazgo político, la sociedad civil o la ciudadanía. 

Y la tercera dificultad es la falta de una visión clara de lo que queremos construir. Es decir, la creencia latente de que el cambio de sistema de gobierno (la transición a la democracia), se reduce a la mera sustitución de agentes políticos por personas muy honestas —sin restar que la probidad, por supuesto, es una cualidad imprescindible del liderazgo político. 

Afortunadamente, un antídoto eficaz en contra de estas dificultades es aclarar la imagen de lo que queremos lograr. Es algo en lo que, estamos seguros, muchos venezolanos de buena voluntad están trabajando y que se traduce, sorpresivamente, en una especie de horizonte con dos umbrales. Un horizonte de largo plazo, en el que luego de un esfuerzo sostenido de todos, abrimos paso a una democracia de máximos, una democracia liberal (en términos políticos) o, si se prefiere, de “alta calidad”. En ésta última, en el orden político, al tiempo que los poderes públicos adquieren una amplia capacidad de controlar al Ejecutivo, el Estado recupera su efectividad y capacidad administrativa para producir bienes públicos y mantener el orden, con una burocracia honesta e imparcial. Asimismo, el Estado recupera su capacidad de dar respuesta y actuar de forma consecuente con las demandas y preferencias de la población, ofrecer indemnizaciones y reparaciones por los daños ocasionados por su actuación, y ofrecer acceso a los ciudadanos a la agenda pública, dándoles la oportunidad de ser oídos.

Desde el punto de vista de la libertad política, en una democracia de calidad los venezolanos habríamos recuperado el respeto por los derechos fundamentales de todos y cada uno de nosotros y todos seríamos respetados por nuestras autoridades en nuestra integridad y nuestra dignidad. Además, todos nos complaceríamos en la competitividad electoral —todos habríamos recibido una relativa dosis igualitaria de recursos para empoderarnos, como la educación y los derechos de ciudadanía—  y nos complaceríamos en la cada vez más igualitaria arena electoral, abierta a todos sin importar origen, raza, sexo, partido o creencia. Por último, respecto de la participación política, en esa democracia de alta calidad, los venezolanos habríamos alcanzado una alta conciencia de la necesidad de participar siempre en la vida pública y no solo en períodos electorales, una amplia cultura de tolerancia y moderación, habríamos devuelto a los medios y a toda fuente alternativa de información la importancia debida, y atestiguaríamos el florecimiento de numerosas organizaciones no-gubernamentales dispuestas a defender y a representar el amplio rango de valores e intereses que caracteriza a una sociedad plural.         

Pero el segundo umbral del horizonte de la causa opositora venezolana es más cercano. Queremos que sea una causa realista y, por tanto, planteada en términos graduales. De esta forma, si bien es cierto que el último objetivo es la sustitución de un sistema de gobierno injusto por una democracia, por métodos civiles y pacíficos, en primer término lo que se quiere es volver, al menos, a una democracia de mínimos.

Elecciones regulares, significativas, libres y justas

Una democracia de mínimos, también conocida como “democracia electoral”, es un sistema de gobierno (nacional), que otorga a la gente con igual derecho de ciudadanía, los medios para elegir y sustituir a sus líderes políticos en elecciones regulares, significativas, libres y justas

¿Por qué regulares? Las elecciones son regulares cuando se realizan en el intervalo constitucional establecido, por lo que la lucha opositora reivindica la prohibición de retrasos, suspensiones o adelantos electorales fuera de la Ley, como los ocurridos en 2016 con el referendo revocatorio en contra de Nicolás Maduro (suspendido indefinidamente a través de una medida cautelar de un tribunal de instancia), las elecciones regionales (aplazadas por seis meses hasta 2017), o las elecciones presidenciales de 2018 (adelantadas por la inconstitucional Asamblea Nacional Constituyente de diciembre a mayo del mismo año). 

¿Por qué significativas? Las elecciones deberían tener resultados consecuentes. Es decir, ellas deberían definir quién ejerce realmente el poder efectivo en el país. Por tanto, ninguna autoridad debería tener facultades o dominios reservados de poder, ni estar por encima de los mecanismos electorales de control y sustitución. Asimismo, ninguna autoridad superior (llámese el ejército, o diseñada ad hoc, como la ANC en el caso de la victoria de la oposición en las elecciones a la Asamblea Nacional de 2015 o la Autoridad Única del Distrito Capital en el caso de la victoria del alcalde Ledezma en las elecciones al Distrito Metropolitano) debería tener la capacidad para anular los resultados electorales desagradables al oficialismo.

¿Por qué libres? Las elecciones son libres cuando en la ley y en la práctica se ponen muy pocas barreras para entrar a competir electoralmente y a los candidatos y sus partidos se les permite hacer campaña y movilizar sus apoyos con libertad. También son libres cuando la ciudadanía, sin miedo a que haya represalias, puede reunirse y defender públicamente sus preferencias y votar bajo absoluto secreto. Un bajo o inexistente clima de violencia es también un indicador de libertad electoral, especialmente si a ese bajo clima de violencia se le acompaña de otras libertades, como el derecho a una prensa independiente, a expresarse libremente, o del ejercicio de los derechos de movimiento, reunión y asociación.  

¿Qué significa que sean justas? Las elecciones son justas cuando hay un campo y unas reglas de juego razonablemente nivelados entre los partidos de gobierno y oposición. Esto implica, entre otras cosas, la existencia de una Administración electoral neutral, competente y profesional, así como unos cuerpos de policía, militares y jueces políticamente independientes. También implica un diseño adecuado de los distritos electorales y que los cargos públicos ocupados por políticos oficialistas no abusen de su poder para favorecer a los candidatos de su partido. Finalmente, habrá justicia en las elecciones cuando se permita un amplio acceso a los medios de comunicación de masas, haya supervisión internacional e independiente de los procesos de votación y conteo y, a diferencia del diseño corporativo de las elecciones de la fraudulenta ANC, se concretice el acceso universal al derecho a sufragar, sin exclusiones, restricciones ni arreglos amañados de ningún tipo.  

Un liderazgo democrático debe trasmitir espíritu democrático

Estos son los pilares de la lucha de una mayoría de venezolanos de bien, mayoría que aspira a tener un liderazgo a la altura de su enorme compromiso democrático. Este compromiso se aleja de cualquier forma de imposición de un líder por medio de la violencia, y más bien se acerca a la restitución de un sistema plural cuya legitimidad descansa en la vinculación honesta de sus líderes con los principios descritos arriba, y en la práctica de estos del autocontrol y la tolerancia. 

El liderazgo democrático debe transmitir espíritu democrático, por lo que resultaría inspirador ver a las élites políticas reducir sus niveles de fragmentación eligiendo a su liderazgo unitario, así como a cada representante de cada partido político, en elecciones regulares y periódicas. En contiendas significativas, en las que se permita al vencedor ejercer su liderazgo, por el tiempo establecido, con lealtad a las reglas del juego. Libres, porque en cada partido habrá de respirarse suficiente libertad para abrir la arena de competición, de modo que figuras diferentes disputen los cargos directivos y los roles de liderazgo asignados tradicionalmente a los mismos actores. Y justas, porque en la medida en que la oposición se entrene en la realización de elecciones honestas y autónomas, perfeccionará sus herramientas de supervisión de votos y conteo rápido, fundamentales para demostrar fraudes electorales y para el caso en que decida participar en una elección conducente a una transición democrática.