La boca del dragón, la boca de la serpiente

El drama de la migración andina secuestra nuestra atención. Pero el golfo de Paria es otro espacio de comprensión de una historia de idas y venidas que trasciende esta coyuntura

El mismo mar, la misma naturaleza. Pero esto es el norte de Trinidad; al fondo, escondida en la resolana, Paria

Fue hace casi 20 años, pero he vuelto a esta historia muchas veces, por las preguntas que me dejó, por lo que pese a sus misterios sigue enseñándome.

Era tarde en Caracas cuando me llamó mi amigo desde primer grado, Leo. Era médico rural en Irapa, en la costa sur de Paria, y se preguntaba si yo, como periodista, sabía quién los podía ayudar a él y a sus colegas a resolver un problema: una sala entera del hospital ocupada por siete náufragos africanos con los que nadie sabía qué hacer. Les habían salvado las vidas cuando los rescataron de una balsa en la playa de Soro, y ahora el director del hospital exigía que liberaran esas camas. Pero a Leo y a algunos de sus colegas no les parecía que debían simplemente tirarlos a la calle.

Alba Sánchez, la jefa de redacción de El Nacional, coincidió en que ahí había una buena crónica, y en menos de 72 horas después de la llamada de Leo estaba yo en Irapa con el reportero gráfico Jesús Castillo. Rodeados por la intensa y cariñosa curiosidad de las empleadas del hospital que los habían devuelto a la vida a punta de arepas y jugos de lechosa, los náufragos me repitieron la historia que ya les habían contado a los médicos: se habían embarcado en Abidján, Costa de Marfil, en un carguero de bandera turca que creían iba a Europa, pero en realidad iba al Caribe. El capitán no quería llegar a Trinidad con ilegales a bordo y decidió abandonarlos sobre un tablón, con un bidón de agua y una olla de arroz, en algún punto del golfo de Paria. Pasaron sol y sed durante varios días hasta que la corriente los llevó a Venezuela. 

Me enseñaron sus pasaportes. Venían de distintos países del Golfo de Guinea. Ninguno tenía permiso para estar en Venezuela; ninguno había planeado llegar allí. Ni ellos ni nadie sabían cuál debía ser el siguiente paso. El alcalde de Irapa optó por pasarle el asunto a Caracas mandándolos en una buseta, y en la capital la historia empezaría a ramificarse. 

Al principio me fue fácil seguirla, porque los mantenían juntos y prisioneros, primero en una oficina gubernamental, luego en la Zona 7 de la Policía Metropolitana. No habían hecho nada, pero el prefecto de Caracas estaba absolutamente convencido, sin ninguna base, de que ellos eran miembros de la mafia nigeriana. Venezuela no tenía en su legislación nada previsto para este caso. La deportación a sus países tampoco era una opción. Hablé con algunas organizaciones de derechos humanos y tampoco sabían qué hacer. El Acnur solo tenía presencia en San Antonio del Táchira… para manejar el ingreso de desplazados colombianos. 

En algún momento, el Estado decidió darles unos permisos de permanencia y abrirles la puerta de la calle para que se arreglaran como pudieran. Ahí empezaron a dispersarse. A veces alguno se aparecía en El Nacional a pedir ayuda o consejo, porque yo era una de las poquísimas personas que conocían en Caracas. “Aquí lo está buscando un africano”, me informaban los empleados de Seguridad desde la entrada, con las voces llenas de desconfianza. 

Sé que algunos se devolvieron a Irapa. Otro nos contó que tenía VIH. Leandro, que actuaba como el vocero del grupo cuando recogí sus testimonios en Irapa, sabía cantar y tenía una novia que lo ayudaba a presentarse por ahí. Al menor de ellos, Phil, de Ghana, que tenía 17 años, mi papá le consiguió trabajo. El pobre andaba siempre con el carnet y el permiso plastificado, colgando sobre el pecho, para que la policía no lo fastidiara tanto. Algunos años más tarde me llamó de repente, desde un ambulatorio, para contarme que le habían dado un tiro en una pierna y que quería irse de Venezuela porque ahí “había mucho problema”. Unos dos años después me lo encontré en el Metro, con su carnet, su permiso y su sonrisa: él estaba en un andén y yo en un vagón atestado, y apenas alcanzamos a chocar los puños antes de que las puertas se cerraran. 

No supe más de ellos. Pero hasta hoy me ha estado persiguiendo la revelación que ellos me trajeron del otro lado del océano: uno no sabe adónde lo va a tirar la corriente. 

Entonces no tenía yo idea de que el rumbo de los botes y el destino de los naufragios en el Golfo de Paria iría a cambiar, y que en 2019 íbamos a estar hablando de los venezolanos presos en Trinidad, acusados de querer entrar ilegalmente; del comercio de armas por comida; de los sucrenses que se ahogan cuando zozobran los peñeros atestados que los llevan a ese país desde Güiria o Tucupita. Cómo no recordar ahora el desconcierto absoluto de esos migrantes que huían de la miseria y la violencia en sus países y terminaron empujados a una playa desconocida. 

He ido dos veces a Trinidad y he sentido desde la cola de inmigración, de al menos una hora, lo defensivo que es ese país con todos los que llegan. Me han contado que hay mujeres trinitarias, sobre todo mayores, que se quejan de que las venezolanas van a allá “a prostituirse”, y quienes me dicen eso se apresuran a explicarme que hay redes de esclavitud sexual. También sobre los venezolanos que asaltan en el mar a los pescadores, con lo cual ya casi no provoca salir a trolear dorados y pargos rojos. Pero quienes me lo comentan se cuidan de aclarar que también hay piratas trinitarios. Me cuentan que hay venezolanos delinquiendo en Trinidad, pero también que hay empresarios trinitarios aprovechándose de la desesperación de esos migrantes para hacerlos trabajar “for nothing”

Nadie me ha tratado mal allá por ser venezolano; al contrario, solo tengo palabras de agradecimiento. Y la verdad es que ese país me gusta mucho, porque en las mañanas las esquinas se llenan de puestos de comida, pero en vez de freír empanadas, sirven doubles. Y allá también cantan los cristofués en los mangos y se ven bandadas de corocoras rojas contra unos cerros idénticos a los de Morón y a los Paria.

Porque Venezuela y Trinidad son mundos muy similares, separados por los terremotos y por la historia. Trinidad era parte de la Capitanía General de Venezuela hasta 1797 y tiene una larga historia de refugio de venezolanos, desde los sobrevivientes de la Emigración a Oriente en 1814, pasando por el poeta Cadenas en los años duros de la dictadura perezjimenista, hasta los muchachos que vi trabajando, al parecer a gusto, en los restaurantes.   

Entre Venezuela y Trinidad, las corrientes vienen y van sobre unas aguas comunes que brillan bajo el mismo calor y sobre un lecho marino que nunca deja de temblar. Llevan venezolanos y trinitarios a una orilla y a la otra, y a veces a quienes las olas arrancan de su ruta para lanzarlos a una sorpresa, como a aquellos pobres africanos y su olla de arroz.

Cada vez que voy a Puerto España paso un buen rato en un malecón junto al puerto, mirando hacia Venezuela mientras cae la noche y los alcatraces vuelan a sus dormideros sobre esa agua mansa, tersa, del Golfo. Y trato de aliviarme la tristeza del emigrado pensando que, en agosto de 1498, por ahí pasó Colón y dijo que solo en el paraíso podía existir una extensión de agua tan grande y tan dulce. El Almirante no sabría que más nunca tocaría tierra firme americana después de bajarse en Macuro, ni que eso que probaba era la descarga del Orinoco. Pero antes de torcer la proa hacia el norte del Caribe le dejó sus nombres mitológicos a la Boca de la Serpiente y la Boca del Dragón, los dos estrechos que separan Trinidad del Delta y de Paria, y anotó en su bitácora que la nuestra era una tierra de gracia. 

Entonces, antes de servirme un ron Angostura, trato de pensar que se despejará el mal tiempo sobre el golfo que compartimos, que no tendremos más botes con armas ni más ahogados, y que volveremos a ser como la Irapa que conocí: un pueblo donde las empanadas tienen curry y donde los náufragos son rescatados a tiempo de la desgracia.