“La ambigüedad reinante durante la democracia siempre me causó desasosiego”  

Desde Buenos Aires, la editorial Cuadernos del destierro reedita Crónicas ginecológicas. Momento para conversar con su autora, una de las grandes escritoras de la Venezuela moderna: Elisa Lerner

Elisa Lerner: "El mundo es un perpetuo temblor hacia el futuro y es en ese temblor donde debe moverse la cuartilla de quien escribe"

Foto: Federico Prieto

… un país implacable, vertiginoso —país de espejismos y azares financieros—

Elisa Lerner

“Miss Venezuela: Otra fracasada versión de El Dorado”

 

No hemos leído a Elisa Lerner. La admiramos y le hacemos homenajes, pero sin leerla de verdad. Eso creo. Quizás porque en el ensueño que vivíamos, sus escritos —retratos de una vieja ignominia latiendo en el subterráneo de la cultura cuando nos creímos modernos—, preferimos tomarlos como soberbia literatura. Y lo son, pero me parecen mucho más: un espejo que nos refleja, conjugadas, vergüenzas del pasado y el presente. 

Fraterna y elogiosa con sus compañeras de oficio como pocas, generosa con sus pares masculinos que no siempre le han hecho justicia, Elisa Lerner es penetrante en sus observaciones culturales. 

Sus libros nunca cayeron en mis manos mientras estudié Filosofía y me colé en la Escuela de Letras. Pero en el 2000, por un trabajo que me encargaron, llegué a “Así que pasen cien años”, escrito que formó parte del pretencioso compendio Venezuela Siglo XX, publicado por Fundación Polar. Pensé que los tres tomos han podido reducirse a esas páginas. Y no me extrañó que la editorial Madera Fina eligiera el título para sus crónicas reunidas en 2016 y lo volviera separata del volumen. Ahí está el meollo del siglo XX venezolano que se propaga cruel en el XXI.

Después recorrí su obra y sus entrevistas. En algún momento devoré ese despecho democrático y civil que es De muerte lenta, la novela de cómo no se puede historiar un trauma, negado por un país sumido en una bonanza grosera. Me revolvió de tal manera que no pude escribir ni una reseña. Espero alguna a la altura  de esta sobre La señorita que amaba por teléfono.

Tras ser interrogada por Pedro Estrada, en 1957, Elisa eligió ser escritora para “aplacar, aunque sea de una forma ilusoria, el silencio dictatorial”.

Su feminismo creo que es coherente con lo que entonces comprendió, ratificado cuando las dictaduras —creímos— habían sido superadas. “La ambigüedad reinante durante la democracia siempre me causó desasosiego”, me escribió hace poco.

Nacida en Valencia en 1932, Lerner ha publicado cuatro libros de teatro, dos de ensayo, cuatro de crónicas y cinco de narrativa. Empezó a hacer periodismo a los 18 años, antes de estudiar Derecho, y ganó los premios Municipal de Teatro, Juana Sujo y Nacional de Literatura. Fue parte del grupo Sardio, con Adriano González León, Salvador Garmendia y Guillermo Sucre. Ojalá podamos contar con la obra de Elisa Lerner pronto en España, donde fue agregada cultural de Venezuela por varios años.

Para esta entrevista (que logramos por correo electrónico) releí Crónicas ginecológicas, el libro que reeditó este año Cuadernos del Destierro, una editorial venezolana que florece con buen tino en Buenos Aires. Me sorprendió la actualidad de estos textos de los ochenta y entendí por qué los jóvenes buscan a Elisa. La necesitan para intentar asimilar este desastre que somos.

“Sinceramiento para sirenas”, el prólogo con el que abren estas crónicas, es una joya por lo que dice, ¡y cómo!, sobre el sufrimiento de las mujeres. Me gusta que sea Popeye y no Ulises el navegante casi jubilado que encuentra ondinas, es coherente con lo que luego escribes, que ningún clásico debería ocultar: “las escamas no cubrían tan solo la cintura y el sexo de esas rubias damas del mar. Todas las mujeres —todo el sexo femenino: todo el destino femenino— estaba cubierto (¡recubierto!) por feas y torpes costras”. ¿Podrías hablarme de ese texto?

Voy a ser sincera. Me sorprende a mí misma. Pero es poco lo que puedo decir sobre este texto y muchos otros. El escritor, o quien pretende serlo, si vuelve la mirada hacia atrás, sobre todo sobre lo escrito tiempo ha, puede convertirse, más que en estatua de sal, en amarga salina. El mundo es un perpetuo temblor hacia el futuro y es en ese temblor donde debe moverse la cuartilla de quien escribe. Acaso en esta página aspiré quizá convocar —si posible— algún guiño con la belleza. ¿Y, qué belleza más batalladora que la de las sirenas? ¿En medio de la vastedad de las aguas, sus escamas no resplandecen como heroicas armaduras capaces de dar protección, sosiego? Acaso, para los altos sueños, nuestras sirenas se erigieron en desafío, en luz de valentía, en alegría en medio de la intemperie, para las mujeres que quisieron huir de una tiranía pobremente doméstica.

No recordaba el caso de la modista Mercedes García (en “Final de un cándido sueño rooseveltiano”) la que dispara a su amante infiel con la pistola de este. Tú lo ves como una brutal alerta de que la “intimidad de la mujer venezolana seguía siendo humillante, mezquina”. Hablamos de un disparo, no de una confesión en redes sociales, pero a Mercedes, la modista, la defienden con éxito la abogada Luisa Amelia Pérez Perozo y las escritoras Lucila Palacios y Analuisa Llovera. Tengo la impresión de que nuestras élites hoy no son tan gallardas ante la humillación de las mujeres.

Lamentablemente no conozco todo lo que se escribe actualmente. Pero en algunos cuentos, por cierto muy bien escritos, Silda Cordoliani da cuenta de un sufrimiento femenino que puede seguir, penosamente vigente. Y han sido celebrados por escritores importantes de generaciones diversas desde José Balza a Juan Carlos Chirinos. Recuerdo un texto conmovedor de Milagros Socorro en que la protagonista a la búsqueda de paliar su absoluta soledad paga y contrata una cita en los States para permanecer, aunque sea por breves minutos, en la compañía de Joe Di Maggio.

Publicado por primera vez en 1984, este volumen de crónicas vuelve a las librerías con una editorial de la diáspora especializada en reediciones

Foto: Los cuadernos del destierro

“La crónica femenina del franquismo” —exquisita— hace una equivalencia entre el romance rosa y el fascismo antes de celebrar a escritoras adversas al dictador, como Carmen Martín Gaite, Lidia Falcón y  Carmen Laforet. Es notable lo bien que las leíste. Hoy muchos compatriotas parecen ignorar cuán brutal fue el franquismo con las mujeres, en especial con las pensantes. Quizás podría refrescarles la memoria este texto. 

No le corresponde esa tarea a servidora. Disponen de libertad, democracia y excelentes escritoras como Rosa Montero o Elvira Lindo que recuerdan en sus crónicas constantemente esa no tan antigua afrenta. Es más, ahora el periódico con más prestigio en España está siendo dirigido por una mujer periodista por segunda vez. Un lujo que la primera directora haya sido la histórica columnista e importante intelectual Soledad Gallego-Díaz.

Por años no se habló del hambre en nuestra historia. Tú lo haces cuando te refieres a nuestra mesa, a nuestros platos, incluso a doña Petrona de Gandulfo (referencia que encantará en Argentina, como las de Billiken o Constancio C. Vigil). Parece tu trabajo el de una historiadora, una socióloga o una antropóloga, pero la escritora magistral logra que nos apiademos de una vergüenza íntima que habíamos olvidado. ¿Por qué en aquella Venezuela boyante de los ochenta?

En los años anteriores, incluso las bodas daban lástima. El ágape era pobrísimo. En los cumpleaños se ofrecía un quesillo (más rico el que vendían los chinos en un bar pacífico como una academia, al comienzo de la calle de mi infancia), y una gelatina, consuelo quizá para gente convaleciente. Después de insistir mucho, mucho, mi mamá nos dejó un fin de semana comer donde unas amigas de vieja data fuera de casa. Claro, eran muchos hermanos, pero comían de pie, como en una barra española, había que conformarse con lo que estaba en la mesa. Comer rápido y en silencio el arrocito blanco, las caraotas negras, la escueta porción de carne mechada y un poco de tajada. Durante el posgomecismo se estuvo tomando mucho guarapo en lugar de café, manteca en lugar de mantequilla. El petróleo y la democracia tardaban aún en sonreír.

Te atreviste a decir que “el machismo venezolano es una variante sexual o erótica de nuestra empecinada dictadura”, que en las telenovelas “el macho venezolano es una versión menos prosopopéyica y ambiciosa de todos los dictadores y fascistas del mundo”, que el machismo nacional “no es solo un frustrado, cotidiano, muy vulgar fascismo… es la quiebra de la intimidad”. El tiempo parece haberte dado la razón.

Ese macho de telenovela, tipo “La señora de Cárdenas”, es uno de orden conyugal, la última deriva de nuestras atrasadísimas dictaduras rurales cuando el marido, frente a la casa nupcial, casi siempre mantenía la de la querida. Hoy, afortunadamente, la mujer puede elegir. El sufrimiento por un mal de amores puede estar a la vuelta de la esquina, pero en todo caso dispone de ancho espejo iluminado por una mirada hacia el mundo. Recuerdo —en los años que estudiaba Derecho en la Universidad Central—, el comentario de un compañero sobre un profesor al que respetábamos mucho, admirado por sus innegables cualidades jurídicas e intelectuales y famoso por sus férreas ideas católicas: “Tiene una sola mujer”. ¿Es que los hombres, aparte de la esposa legal permitida por el Derecho de Familia, podían disfrutar a diestro y siniestro de mujeres volanderas?