El largo camino hacia la comprensión del abuso sexual

La ciencia lleva mucho tiempo aprendiendo a registrar y describir la violencia sexual contra niños y adultos. El esfuerzo por entender por qué ocurre está lejos de culminar y nos incluye a todos

Muchos errores y muchas víctimas ha habido mientras la ciencia descubría, con ayuda de la tecnología, esas heridas de las que no se habla

Foto: Enay Ferrer, de la serie Píxeles. GBG ARTS

El mundo público y el mundo privado están íntimamente entrelazados.

Las tiranías y servidumbres de uno son las tiranías y servidumbres del otro.

Virginia Woolf

 

Por unos días el abuso sexual se convirtió en el tema principal de conversación en las redes sociales, y probablemente en otros ámbitos en Venezuela. Lo cual es algo bastante singular, dado que se trata de un tema que, por su misma esencia, reside en las sombras y los silencios. Que hoy podamos hablar de abuso sexual, exponerlo a los reflectores para comenzar a considerar las dimensiones de su impacto en la vida nacional y en las vidas individuales de los venezolanos y venezolanas, sucedió como suele suceder: como si dejaran caer una bomba de heces en medio de una reunión. 

No apareció como un debate entre académicos o una conversación de sobremesa, sino como un estallido atemorizante. Su naturaleza es el escándalo porque impone ante la mirada algo que no se quería tener que ver. Pero esa ha sido la historia del reconocimiento del abuso en todo el mundo. 

Las dudas de Freud

Si en algo hemos sido pioneros los psicólogos, es en el descubrimiento de la magnitud de las experiencias de abuso en muchas vidas. Pero ese reconocimiento no ha sido ni lineal, ni grato. Ha sido peleado con valentía, a gritos. 

La aproximación freudiana, a finales del siglo XIX, trajo a la ciencia una herramienta hasta entonces descuidada: la escucha. La talking cure supuso la posibilidad de sentarnos durante horas y días a escuchar las vidas privadas, sobre todo de mujeres, que hasta entonces habían permanecido relegadas al fondo de la historia, como actrices en papeles secundarios de obras que nunca se estrenan. Esa herramienta abrió la posibilidad de comenzar a registrar las violencias cotidianas que se escondían en las familias. Se olvida que la primera hipótesis sobre las afecciones neuróticas que propuso Freud fue que los síntomas que observaba en las mujeres que en ese momento denominó histéricas, provenían de experiencias sexuales infantiles no deseadas. En uno de sus primeros textos, Estudios sobre la histeria, expone de manera muy clara experiencias que hoy no dudaríamos en calificar como abuso sexual.

Pero algo pasó con el transcurrir de los meses, en esa época emocionante de descubrimientos freudianos. Parece ser que a Freud le resultó inconcebible que existieran tantos casos de abusos sexuales dentro de los hogares de la sociedad victoriana y se retractó. “Ya no le creo a mis neuróticos”, sentenció en una famosa carta a su colega Wilhelm Fliess, en la que se retractó y cambió su hipótesis a la más conocida fórmula edípica.

“Seguramente no es posible que tantos actos inmorales ocurran a manos de los propios cuidadores… seguramente son fantasías de incesto propios del desarrollo humano”, pensó Freud erradamente.

Ese episodio sembró las semillas de la discordia. En los años venideros otros psicoanalistas, como el húngaro Sandor Ferenczi, asomaron la posibilidad de que efectivamente el abuso existiera y explicara muchos de los síntomas observados en muchas pacientes. Pero el peso de la fórmula freudiana contribuyó a que estas observaciones clínicas se desoyeran.

La indiscreción de los rayos X

En la medicina ocurrió algo similar. El traumatólogo Henry Kempe comenzó a preguntarse sobre las maneras en que se presentaban ciertas fracturas que veía en su consulta pediátrica. Los rayos X habían permitido observar detalles que antes no se registraban. Había cosas que no tenían sentido, como un húmero fracturado en varias partes como si alguien hubiese retorcido el brazo y no como si se hubiese golpeado cayendo por unas escaleras. Kempe comenzó a describir lo que llamó el “síndrome del niño maltratado”

Por muchos años Kempe fue considerado un alarmista. El gremio médico se negaba a aceptar que los padres podrían causar fracturas a sus hijos. “Yo nunca he visto un caso de maltrato infantil”, le decían. “Sí los has visto, lo que pasa es que no te has dado cuenta”, les respondía Kempe. La investigación sistemática le dio la razón al doctor Kempe y la sociedad norteamericana comenzó a hablar de maltrato infantil. 

Ahora nos resulta sorprendente recordar que los primeros casos graves de maltrato infantil que fueron llevados a juicio en el siglo XIX, tuvieron que recurrir a las leyes de prevención a la crueldad contra los animales, porque no había legislación para defender la integridad infantil de los  abusos de los maltratadores.

Pero a pesar de los hallazgos clínicos que comenzaron a evidenciar la existencia de abuso dentro de los hogares, la ciencia y la práctica tardaron aún muchos años en reconocer la extensión y el impacto de estas experiencias tempranas. La psicóloga feminista Judith Herman, pionera en el tratamiento del trauma, escribió que la psicología ha sufrido de “amnesia episódica” con respecto al reconocimiento del peso de la violencia en el desarrollo de todo tipo de malestares emocionales.

“No puede ser” 

En los sesenta comenzó una ola que cambió las perspectivas mundiales sobre el tema a través del movimiento feminista. Grupos de mujeres comenzaron a compartir sus vidas privadas y advirtieron la sorprendente repetición de muchas historias de violencia, a niveles que parecían inconcebibles hasta ese entonces. La multiplicación de testimonios y de voceras dispuestas a difundirlos condujo a presionar a las universidades para hacer investigaciones sobre la prevalencia de la violencia en los hogares.

Cuando los hallazgos comenzaron a llegar en la década de los setenta, los especialistas volvieron a sorprenderse. La extensión de malos tratos dentro del hogar contra las mujeres, los niños y las niñas era mucho más grave de lo que nadie, hasta entonces, había imaginado. 

Las primeras leyes contra la violencia dentro del hogar son de esos años. En la clínica psicológica y psiquiátrica, no es sino hasta 1980 que se reconoce el diagnóstico de Síndrome de Estrés Postraumático —un cuadro íntimamente ligado a la violencia— en los manuales diagnósticos más utilizados como el Diagnostic and Statistical Manual for Mental Disorders, utilizado ampliamente en Venezuela. Aún no ha sido del todo reconocida la existencia de lo que se ha denominado trauma crónico o complejo, que alude a experiencias de violencia bajo cautiverio, como el abuso sexual dentro del hogar.

Una y otra vez nos resulta insólito, incomprensible hasta el punto de dudar de su plausibilidad, que se ejerza de manera sistemática violencia sexual contra niñas y niños. Aún hoy, una de las primeras reacciones es “no puede ser”. 

No es fácil ni placentero mirar lo traumático. Preferiríamos no tener que hacerlo. Nos perturba, nos cuestiona, nos obliga a revisar lo que dábamos por hecho.

Una patología de poder

Dicho todo lo anterior, es importante una acotación. Otra de las dimensiones problemáticas del reconocimiento de la violencia sexual es que ésta no es, en primera instancia, una patología sexual. Es una patología de poder. La experiencia sexual traumática impuesta por un adulto a un niño o niña se cimienta sobre las posiciones de poder que le dan la oportunidad al abusador de poner sus necesidades por encima de las de aquellos más vulnerables que debería estar protegiendo. 

Por eso, no es señalando a abusadores y despachándolos en las categorías de “monstruos” o “aberrados”, para luego lincharlos en cárceles sádicas, que podemos evitar futuras violencias. Sin duda a los perpetradores hay que sancionarlos y, en los casos que sea posible, tratarlos. Pero el abuso se inserta en los mecanismos de poder.

En todas las instituciones y grupos en que opera un poder omnipotente, no auditado, con graves asimetrías y miembros vulnerables, habrá, muy probablemente, experiencias de abuso.

Por eso se han registrado múltiples experiencias de abusos en la Iglesia, las sectas, el ejército, gremios fuertemente autoritarios como el médico, espacios asimétricos como el psicoterapéutico o donde hay vacas sagradas que seducen con prebendas, como el del entretenimiento. 

Con razón se señalan entonces, como un factor central en la propagación del abuso, a las lógicas patriarcales que otorgan, a través de la cultura, derechos y licencias sexuales a los hombres poderosos sobre las mujeres.

En estos días en que han salido los testimonios de victimización, me duele leer el de muchas jóvenes que pertenecieron al Sistema de Orquestas. Una de ellas ha compartido una experiencia horrenda de abuso sexual vivido durante cinco años dentro de El Sistema. Su relato me ha dolido profundamente por los años de terror y asco que padeció bajo el control de un sistema que elevó a categoría de ídolos a algunos hombres que se regodearon en los aplausos y lo entendieron como licencia para hacer y deshacer con los niños y niñas que debían ayudar a crecer. 

Irónicamente, en nuestro país, la música sirvió como sordina, como cortina de humo, para no tener que escuchar. De nuevo la admiración y los espacios de poder son los elementos claves que le abrieron espacio a los perversos. Al revisar la historia de Lisa, me duele aún más saber que investigadores internacionales ya habían advertido claramente sobre la existencia de abuso repetido dentro del sistema. Los testimonios ya existían, pero los encargados de llevar el Sistema se resistieron, desmintieron o minimizaron los alegatos en vez de investigar, escuchar a los más vulnerables y proponer medidas para ser auditados. Si lo hubiesen hecho, ella probablemente no hubiera tenido que vivir el horror que padeció. El Sistema que aparece desde el relato de Lisa no es un modelo de orgullo, sino un ejemplo vergonzoso del abuso de poder en mi país.

Entre la dictadura y la tiranía de la vida privada

El abuso se previene abriendo canales de comunicación, auditando los espacios de poder, abriendo las instituciones a la inspección desde afuera, ampliando la voz de los silenciados, construyendo una sociedad más democrática, cuestionando las licencias culturales que naturalizan la existencia de caudillos y divos intocables. Lo cual, como se imaginarán, está bastante lejos de la sociedad venezolana actual. 

Para algunos, estos temas son un desvío de los grandes retos políticos que enfrentamos en esta época oscura de autoritarismo. Yo tiendo a estar de acuerdo con Virginia Woolf, quien durante la Segunda Guerra Mundial le recordó a sus compatriotas ingleses que, si querían vencer a Hitler, bien harían examinando la arbitrariedad violenta que vivían dentro de sus hogares. 

¿Será que además de luchar por cambiar el gobierno, podemos luchar por cambiar una cultura que produce esperpentos como la adoración por el hombre fuerte y las lógicas militaristas?

Así entiendo la explosión en las redes sociales de las denuncias que han aparecido.

En una sociedad patriarcal, militarista, autoritaria, censuradora de los medios de comunicación social, que aplasta la pluralidad, sin estado de derecho, no puede sino florecer el abuso.

Las redes sociales aparecieron como una válvula de escape donde denunciar, salir del silencio, utilizar el contrapeso de la indignación contra la fuerza de las asimetrías que operan tras de bastidores, completamente naturalizadas. Lamento que en algunos casos el reclamo salga con la ciega furia vengativa por la injusticia tanto tiempo negada. También soy consciente de cómo el gobierno aprovecha las circunstancias, no para reparar injusticias pasadas, sino para afincar su agarre perverso sobre el país. Veo cómo algunos han sido acusados y sentenciados a través de las redes sociales, que poco espacio dejan para un juicio real que intente reparar las vejaciones, o para el urgente debate que debemos dar sobre nuestro país y nuestra cultura. No dejo de sentir preocupación.

Pero la respuesta no es callar a las redes sociales, linchar a los “monstruos” y lavarnos las manos como si fuesen excepciones inesperadas, sino abrir el debate. Invitar a hacer conversaciones, confrontaciones en espacios públicos, en condiciones protegidas. Donde podamos escuchar, escuchar, escuchar, pensar, pensar, pensar y quizás, a lo mejor, si tenemos el rigor, la paciencia y la fuerza necesaria: transformar.