Una caja de sorpresas casi al fin del mundo

Al otro lado del planeta, esta ciudad australiana es como un artilugio que no deja de revelar nuevas capas de complejidad a medida que uno va descubriéndola... y redescubriéndose a sí mismo

I

La primera vez que vine a Melbourne fue un muy frío y lluvioso día de septiembre, hace casi 10 años. Volé 15 horas desde Los Ángeles para una entrevista laboral en la universidad y unos días para explorar la ciudad como posible destino de mudanza. Nunca había venido a Australia ni había pensado en vivir tan lejos. Se me hacía el fin del mundo, desconocido, exótico. 

“Es uno de los mejores lugares para vivir en el mundo”, me decían unos y otros. Googlear Melbourne conduce a fotos de una metrópolis ordenada, de ensueño, con un puñado de edificios modernos en el downtown, la City, como la llaman aquí; estadios monumentales como el Melbourne Cricket Ground, famoso en toda la Commonwealth y sede del pasatiempo más importante de los melbournians, el Australian Rules Football o Footy; reliquias vivientes de cuando Melbourne era una de las ciudades más importantes del Imperio Británico, como el Queen Victoria Market, el Parlamento, el centenario Exhibition Building, la Biblioteca de Victoria. Todo esto rodeado por parques cuidados con esmero, kilómetros de barrios históricos y una sabana suburbana de casi 100 kilómetros de diámetro. 

Melbourne tiene un lejos maravilloso, pero cuando le digo a amigos venezolanos y de otras partes, que vivo aquí, casi siempre me preguntan por Sydney. Y Sidney sin duda es una preciosa ciudad para visitar, pero para vivir prefiero Melbourne mil veces. No por su lejos, sino por su cerca. Es una ciudad humana y desafiante al mismo tiempo. Enigmática, frustrante de vez en cuando, pero con mucha personalidad. Interesante, sin duda. Una ciudad que permite explorar un abanico de opciones y emociones, y desarrollar aspectos insospechados de uno mismo. 

Melbourne está llena de rabbit holes y catacumbas, donde casi nada es evidente y, por ende, te deja estupefacto a menudo. Una caja de sorpresas en el fin del mundo. O casi.

 

II  

El fin del mundo no está en Melbourne sino en Perth, detrás del outback, en la llanura del Nullarbor, cerca de Kakadú o más allá de Tasmania —lugares que se sienten tan lejos de aquí como de cualquier otro lugar del planeta. 

Melbourne fue la primera capital de Australia: aquí se jugaron los Olímpicos antes que en Sydney y algunos Footy teams son más antiguos que varios de los equipos deportivos más famosos del mundo. Aquí se juegan el Australian Open, la carrera de Fórmula Uno australiana, la Melbourne Cup de hipismo, el Grand Final del Footy y otros eventos conocidos a nivel nacional e internacional.  

Con cinco millones de habitantes, Melbourne se ve como una metrópolis global y en plena expansión, con un crecimiento poblacional de más del 20 % en la última década. Ha recibido gente de todas partes del mundo, sobre todo desde 1950. La comunidad griega es una de las más grandes fuera de Grecia, el número de italianos supera los cien mil y hay suburbios con poblaciones inmensas de libaneses, chinos, indios, tailandeses, vietnamitas, filipinos, esrilanqueses y sudaneses, entre otros. De hecho, en la City y los alrededores se han construido decenas de torres gigantes de apartamentos comprados por inversionistas asiáticos, lo cual convirtió al downtown en el más activo y con mejor vida social del país.  

Cualquier cantidad de eventos políticos y culturales ocurren a diario en Melbourne, capital cultural de Australia, con un sistema universitario inmenso y diverso, con todo tipo de música y artes disponibles, sumamente segura y abierta a la innovación.  

No es densa y, por ende, no se siente como una ciudad europea más allá de la City. Varias de esas actividades son muy costosas y lo disperso de la ciudad hace que sea cuesta arriba disfrutarlas a plenitud. Sin embargo, hay diversiones y oportunidades de encuentro que son más económicas, incluyendo los parques y, bueno, el café: Melbourne está obsesionada con el café como pocos lugares en el mundo. 

Aquí uno puede conseguir restaurantes y comida de todas partes, sobre todo del sureste asiático. Hay lugares de sobra para comprar Harina PAN y diversos productos latinos, y cada vez hay más sitios que venden platos de nuestra región. La comida venezolana sigue siendo escasa pero, hoy día, no me extrañaría que un restaurante venezolano pegue y se consolide. Ya hay varios colombianos, mexicanos y peruanos, así que es cuestión de tiempo para que el asado negro obtenga tres hats en la Good Food Guide

Sí, de todo hay en Melbourne, pero no siempre es fácil encontrarlo. En esta ciudad lo más asombroso ocurre sin que nadie se dé cuenta, entre cofradías que muchas veces ni se vinculan entre sí, que laboran en sus propias madrigueras y vestíbulos y que, a veces, no son tan abiertas como uno espera. 

Fuera de su pose de global, la Melbourne del día a día es clánica y tribal y trabaja en gran medida a puerta cerrada. Los negocios, las políticas públicas, el sinfín de actividades culturales que ofrece y otras tantas cosas; casi todo refleja elementos de esa paradoja. Para los que no nacimos aquí —y que de buenas a primeras no conocemos las contraseñas que nos dan paso a esos submundos— puede ser difícil entender eso. Con el tiempo se va solucionando, pero no deja de ser difícil mientras uno conoce gente, se acostumbra y aprende el lenguaje, las señas y demás códigos de rigor. Que una ciudad tan abierta al mundo sea tan parroquiana no deja de asombrarme.

III  

En Melbourne el sol siempre es bienvenido, pero se queda muy poco tiempo. Los inviernos no son inclementes pero son suficientemente fuertes como para afectar el ánimo de mucha gente, como los que nacimos y crecimos en el trópico —más aún en el caso de los que venimos de Maracaibo, como yo. El clima es tan antojadizo que a veces puede oscilar entre las cuatro estaciones en un mismo día. Hoy, por ejemplo, me desperté a las 7:00 de la mañana y apenas hacía seis grados centígrados. Cinco horas más tarde, al mediodía, ya casi llega a 30 grados y es posible que baje a 10 grados esta noche. Mañana supuestamente habrá un ventarrón con granizo. Eso sí, por estas tierras hasta la peor tormenta dura muy poco.

Creo que este clima explica muchas cosas en Melbourne, sobre todo su estética taciturna, su tendencia a realizar actividades sociales indoor y su carácter expresivo y apasionado en verano. Es una ciudad donde dominan los tonos grisáceos, sepias, azulados, ocres y cobrizos como telón de fondo, y en el que —de nuevo, salvo en verano— sus ciudadanos tienden a vestirse con esos mismos tonos y, sobre todo, de negro. 

A lo largo de estos años mi guardarropa transitó de la paleta luminosa que nos tiende a caracterizar en el Caribe hacia la solemnidad del claroscuro. Hay un conflicto latente entre la expresividad sensorial del venezolano y la solemnidad estética de Melbourne. A veces, siento que esos imaginarios se contradicen, entran en conflicto y nos impulsan en distintas direcciones. Pero, casi siempre, siento que es lo contrario, que la ciudad permite e invita al desenfado, a la apertura, a ser como uno quiera ser. Por eso no extraña que en su lienzo de penumbra, en sus callejones pobremente iluminados, Melbourne albergue tantos graffitis, tantos bares ocultos, tantos asombros por descubrir. Aquí en las antípodas puede pasar cualquier cosa. 

Entre tanta esquina y recoveco, en ese caleidoscopio multicultural y policlasista, hay espacio para conversar, dialogar con otros, conocerse uno mismo y entregarse a lo posible. Si te abres, allí está a la espera la invitada de tierras lejanas que vino a una función y decidió quedarse, el backpacker que pasó 18 meses en Mildura y se enamoró de sus atardeceres, el que vino a ser contador y descubrió su pasión por el blues, la poeta espontánea que te espera en una cantina que sólo vende cinco cocteles…  Y todo así, calladito, silente. Porque a Melbourne le gusta así: Impactarte como si nada, hacer magia sin que te des cuenta.   

   

IV

La ciudad ha experimentado un nivel de prosperidad inusitado en los últimos años. Se respira igualitarismo y una vocación democrática que no puede ponerse en entredicho. Pero gran parte de la población va a escuelas privadas muy selectivas, en las que se forjan relaciones sociales que luego determinan gran parte de la vida pública. Y como en otros centros urbanos globales, que han abierto su mercado inmobiliario, hay una división cada vez más acentuada entre los que tienen propiedades (muchas de las cuales han duplicado su valor en menos de una década) y los arrendatarios, que no pueden reunir ni siquiera un depósito para optar a una compra. En este grupo hay cientos de miles de inmigrantes. Así que la tensión entre la perspectiva individualista y lo público es cada vez más fuerte y amenaza con socavar el ethos de justicia social, bienestar y calidad de vida que, entre otras cosas, la han convertido en una ciudad tan atractiva como destino migratorio.

En esa Melbourne que se bandea entre tradición y cambio, entre el individualismo y lo comunitario, entre el elitismo y la movilidad social, entre el pasado (soslayado) de los aborígenes, el legado colonial anglosajón y la influencia reciente de múltiples culturas, entre lo global y lo local; en esa ciudad vivo, enseño, escribo y me (re)encuentro.