La primera banda de la diáspora

Los Amigos Invisibles ya llevan un cuarto de siglo subiendo a las tarimas de medio mundo una ecuación sonora que solo podía nacer en Caracas

Era como estar en Caracas. El hielo incapaz de diluir el dulce del ron. El regusto de la yuca frita. La gente bailando de una manera que uno conoce tanto que puede incluso adivinar. 

Pero no estábamos en Caracas. Había un buzón para donar y una fila para guardar los abrigos. Dos de los patrocinantes son empresas con las que enviamos paquetes a los parientes en Venezuela para atenuar el dolor de las separaciones. Y fuera del edificio —una antigua estación de tren— no nos esperaba la noche fragante al pie del Ávila, sino el aire empapado y la piedra gris del Vieux-Montréal. 

Era un concierto para exiliados, uno más en una ciudad de inmigrantes.

Autóctonos pero nada típicos 

Pero no era solo un concierto de Los Amigos Invisibles. Era un rito. Y veinticinco años atrás, casi todos los que hoy participamos en él estábamos, en efecto, en Caracas, asombrados por un disco como A typical and autoctonal venezuelan dance band (1995), que no sonaba a la movida de los 80 ni al rock de los 90, y era pop pero estaba más cerca del latin jazz que entonces era tan rico en Caracas. Y aquella ironía tan de nosotros, comenzando por el mismo nombre uslariano de la banda. ¿Qué vaina era esa?   

Lo mismo se habrá preguntado David Byrne, el cerebro de Talking Heads, cuando encontró ese disco en una tienda en New York. Los Amigos Invisibles lo habían sembrado ahí sin imaginar que el héroe indie terminaría llamando a la banda para su sello. En Caracas reventábamos de orgullo. 

“No sabíamos mucho dónde nos metíamos cuando firmamos con Luaka Bop”, cuenta el frontman Julio Briceño. Empezaron a girar por Estados Unidos, tocando en bares ante unos pocos fans de Byrne y uno que otro venezolano. Era un mundo donde había que trabajar muy duro, pero donde todos lo hacían: una vez tocaron en un bar donde acababa de presentarse The Wailers, y poco después se encontraron a la legendaria banda de Bob Marley en un Denny’s de la carretera. Julio y el bajista José Miguel “Catire” Torres, el percusionista Mauricio Arcas, el tecladista Armando Figueredo, el guitarrista José Luis “Cheo” Pardo y el baterista Juan Manuel “Mamel” Roura podían mirar a su alrededor y darse cuenta de que a punta de funk caraqueño habían brincado a otra liga. 

The new sound of the venezuelan gozadera (1998), grabado entre Caracas y New York, trajo varios de los temas que se quedarían para siempre en sus shows —porque esta es una banda que le debe mucho a su capacidad de estimular endorfinas desde la escena— y también otros que merecen escucharse con audífonos, como su homenaje a la Onda Nueva, “Aldemaro en su Camaro”. Habían sacado un nuevo sonido de la negociación entre sus referencias de acid jazz, funk y electrónica, y su relación desvergonzada con el repertorio de las busetas: la salsa, el merengue, el pop mexicano. Aquello sonaba como si un jazzista de New York se hubiera quedado atrapado en el bulevar de Chacaíto. Pero lo que más nos sorprendía era lo que decían las canciones pegadas entre sí como en una fiesta, con efectos de sonido y audios indiscutiblemente venezolanos. Una música muy bien hecha pero salpicada de queso. Una celebración de nuestro hedonismo, nuestro español y nuestro eros. 

Fue una buena época para las bandas venezolanas, con muchos grandes eventos donde tocar en todo el país, mucha atención del público y de los medios, muchos patrocinantes. Los Amigos Invisibles se hicieron mainstream en Venezuela y empezaron a explorar plazas externas. No dejaron sin embargo de evolucionar como músicos. En el 2000 apareció Arepa 3000: A venezuelan journey into space, que les trajo la primera nominación al Latin Grammy, y reveló que podían hacer discos conceptuales cuya tapa desplegara un Cabré. 

“Ahí empezamos a cuestionarnos el seguir en Venezuela”, recuerda Julio, “porque por más que lo disfrutábamos era un mercado muy pequeño para vivir de la música”. Los Amigos Invisibles tenían que dejar su ciudad.

 

El norte y el no tan norte

La migración es parte de la historia de la música venezolana. Gerry Weil nació en Austria; Soledad Bravo en España; Billo Frómeta en República Dominicana. Teresa Carreño y Reinaldo Hahn hicieron su carrera en París. Ricardo Montaner pronto vio que su rango de acción era un eje Miami-Buenos Aires. Pero el caso de Los Amigos Invisibles, en 2001, era casi único: una banda entera que emigró, casi al mismo tiempo, a Nueva York. 

Siguieron tocando en Venezuela. “Casi que no se sentía nuestra ausencia”, dice Julio, “y no recuerdo que nadie nos criticara; al contrario, era dale y abre camino para nosotros. Todavía lo siento mucho en la gente”. En Nueva York estaban Luaka Bop y el agente que les conseguía los toques. Podían ver más bandas, aprender cómo debía ser un concierto de talla internacional. Ganar confianza con su música, entender que podían tocarla donde fuera.  

En 2003, con The venezuelan zinga son, Vol. 1 demostraron que el cambio de ambiente les iba bien: éxito comercial, críticas entusiastas, y otra nominación al Latin Grammy. Terminó el contrato con Luaka Bop y crearon su propio sello, Gozadera Records. En 2005 sacaron el brillante Super pop Venezuela, hecho de covers de cosas tan diversas como el calipso “All day today”, el tema del certamen Miss Venezuela y “Ganas” de Sentimiento muerto. En 2009 volvieron a subir de nivel: con Commercial, Los Amigos Invisibles ganaron finalmente el Latin Grammy en la categoría Best Alternative Music Album.

 

Ensayando por Skype

Pasaron otras cosas. Cheo, Armando y Mauricio dejaron la banda, en ese orden. “Básicamente se cansaron de la ruleta”, explica Julio. “Esto es una apuesta al arte, a seguir tocando, a hacer canciones, y a tocar un repertorio que la gente quiere escuchar, y todo eso cansa. Nosotros no podemos hacer como Radiohead, que ya no toca ‘Creep’”. El Catire Torres agrega que Julio, “quien ahora es padre de familia, puede que ya no quiera cantar ‘El disco anal’, pero igual tiene que hacerlo”.

Luego, a partir de un divorcio, Julio se mudó a Miami, adonde también se mudaría Mamel, y el Catire, que se casó con una mexicana, se fue a Ciudad de México. “México es el país donde mejor nos va”, explica el bajista. Como los otros músicos venezolanos allá, el Catire ha podido aprender mucho de la industria mexicana de la cultura de masas, y comprobar que, como demuestra “Viviré para ti”, el tema que grabaron con Natalia Lafourcade, los mexicanos están abiertos a lo que ellos hacen y por eso pueden trabajar con músicos de altísimo nivel, “cosa que no hubiera pasado en Estados Unidos, donde si no eres U2 o Beyoncé no eres nadie”. 

Hicieron Not so commercial, una recarga de sus antiguas energías acid jazz en 2011; Repeat after me, en 2013; y El Paradise —cuya redondez narrativa recuerda a Arepa 3000— en 2017. Hoy los músicos deben moverse mucho. Llenar el año de recitales, sin olvidar los festivales, que dan mucha exposición. Publicar la música en todas las plataformas posibles, como Spotify o Claro Música. Vender merchandising y viniles para coleccionistas. Todavía ensayan cada semana, como hacían en Caracas y en Nueva York, pero ahora por Skype: trabajan con cinco percusionistas distintos, llamando a uno u otro según dónde sea el concierto, y componen de manera más colectiva. Su single más reciente, “Tócamela”, lo hicieron con Servando Primera.  

“Nosotros y muchos otros que estamos afuera nos convertimos en el soundtrack del exilio”, admite Julio. Sin embargo, a diferencia de conciertos como el de Montreal (donde han tocado antes, en su célebre Jazz Festival) a veces es irrelevante que sean venezolanos, y de hecho mucha gente en México ni siquiera sabe que lo son. “Nunca hemos perdido el contacto con la realidad venezolana, allá están nuestros padres. Siempre estuve conectado a los medios y quiero que Los Amigos estén lo más presente posible. Hay mucho público allá que nos quiere”.

Porque ellos ayudaron a extender en la cultura venezolana una sensibilidad que reconcilia lo muy local y lo global, lo popular y lo exquisito. Catire reconoce “que en Arepa 3000 planteamos una venezolanidad distinta, que no quiere arpa, cuatro y maracas, pero sí come la misma arepa y las cachapas”. Lo que hacen sigue funcionando muy bien, ante mucha gente distinta. Julio dice que “esa vaina sensualonga a los mexicanos les encanta”. 

Esa noche en Montreal no solo demostraron que su candela está intacta, ahora con Daniel Saa en la guitarra y Agustín Espina en los teclados, sino que para entenderlos por completo hay que venir del mismo lugar del que salieron ellos. Porque hay cosas en un show de Los Amigos Invisibles que trascienden la música y que producen esa sensación tan fuerte de que es una fiesta entre panas. Una pareja de sesentones con todo el aspecto de ser canadienses disfrutaba el concierto de pie, cuando ocurrió el inevitable Maduro challenge. Ella le preguntó a él qué había gritado la multitud y él respondió que sólo había entendido “Maduro”. 

Al final, cuando el público pidió más (“¡Orquídea, orquídea!”), y Mamel se pasó al timbal junto al percusionista Catire Carrillo para soltar el set de salsa del encore, las parejas cincuenta por ciento venezolanas tuvieron que conformarse con permanecer al margen. Los demás bailábamos con los ojos cerrados, sintiendo por un instante que era la madrugada del primero de enero y estábamos en Caracas, y que todo estaba bien, y que no habíamos perdido nada. 

Bueno, ahí estaban Los Amigos Invisibles, tocando como siempre. No lo hemos perdido todo.