Yangel Herrera, el mediocentro que necesita la Vinotinto

Este futbolista guaireño del Granada FC es una de las piezas en que puede apoyarse la selección nacional para convertirse en un equipo más propio del siglo XXI

Yangel tiene las cualidades físicas, el liderazgo, la edad y el roce internacional para cambiar al equipo desde adentro

Foto: La Liga

Yangel Herrera es la piedra filosofal de la Vinotinto. Como bien dijo una vez el entrenador Juanma Lillo: “dime con qué mediocentro andas y te diré qué equipo eres”. Y Yangel es ese jugador capaz de convertir a un equipo desactualizado en uno, sino del siglo XXI, al menos más acorde a las exigencias contemporáneas.

Nacido en La Guaira, fue el venezolano en el extranjero de mayor nivel en la temporada 2019/20. Ni siquiera haberse contagiado de coronavirus frenó su alto desempeño en una campaña en la que acabó siendo, con 22 años, uno de los mejores centrocampistas de la Liga Española.

Se le califica como un box to box —o sea, un volante central con capacidad de ser relevante en ambas áreas— con ciertas particularidades. El término, proveniente del fútbol inglés, suele usarse para referirse a futbolistas de gran despliegue físico, que se valen de su potencia para hacer largos recorridos, recuperar el balón cerca de su arco y luego finalizar jugadas en el contrario. Es, si se quiere, una figura más asociada al músculo que a la técnica. 

Yangel es más que eso. Es un volante muy fuerte en los duelos defensivos, con capacidad para organizar al equipo con la pelota y con recursos para pisar el área rival desde el rol de finalizador o bien de director de orquesta. 

En el fútbol contemporáneo, cualquier jugador debe desenvolverse con soltura en las diferentes fases del juego. El detalle es que muchos lo hacen desde fortalezas bien definidas. Por ejemplo, un mediocampista dominante con el balón, que toca mucho la pelota y la conserva poco, es probable que sea más fuerte en acciones defensivas si presiona en un sistema compacto que si lo obligan a imponerse en duelos individuales a campo abierto. Yangel, aparte de ser fuerte, es bueno distribuyendo y conduciendo. Parece tener un repertorio amplio. Quizá cuando vaya llegando a su madurez va a definir más un perfil que todavía ofrece muchas opciones de desarrollo.

Junto a Wuilker Faríñez, es el venezolano con más opciones de triunfar en espacios que —por nivel— todavía están vedados a futbolistas venezolanos: podría llevar la vara mucho más allá de donde la dejaron Juan Arango, Roberto Rosales, Salomón Rondón y Tomás Rincón.

Una (mala) tradición

A Venezuela, en lo que al fútbol se refiere, le ha costado llegar al siglo XXI. Los pasos dados en ese sentido responden más a iniciativas individuales que a un proceso de actualización colectivo. Hoy día, por fortuna, hay entrenadores en diferentes roles que, a su manera, han logrado mantenerse actualizados o al menos al tanto de las discusiones de su época. Pero todavía son mayoría los que ponen a niños de seis años a jugar fútbol once, o a jugadores a pasar horas y horas corriendo en círculos, en la creencia arcaica de que están entrenándolos.

Así como antes a los defensores centrales solo se les pedía permanecer bien ubicados, rechazar con fuerza e ir bien por arriba —lo cual dificulta formar futbolistas íntegros en esa demarcación—, de los volantes de primera línea solo se esperaba que corrieran como maratonistas, pudieran recuperar balones y dar pases largos. El mediocampista que supiese hacer un poco más con la pelota solía jugar más adelantado. Pero, ¿qué era saber “un poco más”? No quedaba claro. En el rígido esquema bajo el que trabajaban la mayoría de los entrenadores del país, un 4-2-2-2 previsible, había poco espacio para los enganches y los interiores. En consecuencia, era difícil tener medios que supiesen jugar entre líneas.

El lenguaje construye realidades. Es llamativo cómo ha persistido la palabra contención para referirse a los volantes de primera línea o mediocampista. El término alude a las expectativas: quien desempeñe ese papel debe contener. El detalle es que el siglo XXI significó, como bien dijo el analista Martí Perarnau, la muerte de los especialistas. Fue el adiós de la época a la que dividían a los futbolistas entre “ofensivos” y “defensivos”, entre los que solo eran buenos recuperando y los que nada más destacaban en el regate, el fin de una era en la que el concepto de equilibrio adquiría formas tan reduccionistas como alinear un lateral “defensivo” y uno “ofensivo”.

En Venezuela, al menos por lo que se ve en el torneo local, hay carencias propias del siglo pasado. Futbolistas con limitaciones técnicas, entrenadores incapaces de desarrollar conceptos tácticos y ausencia de infraestructura para apostar de forma sostenida por otras maneras de jugar.

Cuando Richard Páez asumió en la Vinotinto, cambió la mentalidad de los futbolistas: los animó a tener lo que llamó un juego “irreverente”. Eran años en los que los futbolistas, por la manera en que se jugaba, disponían de mucho espacio dentro del terreno de juego; había referentes mundiales que en la actualidad hubiesen pasado desapercibidos por sus carencias técnicas y tácticas. 

César Farías, aunque es un director técnico con una ideología distinta a la de su antecesor, llegó en un momento en el que las exigencias competitivas eran mayores. Y las expectativas hacia la Vinotinto también. Uno de sus aciertos fue Tomás Rincón. El volante central era un jugador rocoso, con buenas condiciones físicas y mucha disposición para el trabajo. Poco a poco, el futuro capitán se fue amoldando a los requerimientos del DT. En 2011, en la Copa América de Argentina, cuando la selección de Farías llegó a su cumbre, fue el jugador más destacado de la competición. Era el paradigma del modelo de juego de la Vinotinto.

Por supuesto, se le veían las costuras. Su energía muchas veces devenía torpeza: corría más rápido de lo que pensaba. Y su agresividad acababa siendo violencia: siempre salía amonestado. Se evidenciaban sus carencias para jugar con la pelota, pero no dejaba de ser el más completo en esa posición. Tanto, que costó mucho dar con un compañero idóneo para él. El que más destacó como su escudero fue Franklin Lucena, quien entendía el juego con la suficiente inteligencia para, pese a no destacar en nada, cubrir las necesidades urgentes.

Era una selección que prefería defender en su área, con líneas juntas. Un equipo con serios problemas en el ataque posicional, la asignación pendiente de Farías, quien nunca dio con un mediocentro que permitiese un salto cualitativo. Por el contrario, probó demasiados jugadores “especialistas” en defender, que ni siquiera tenían el nivel para competir con sus rivales internacionales.

Quedó claro que llegar al Mundial sería imposible si no se aprendía a jugar con la pelota durante largos periodos de tiempo. Esto era inviable sin un mediocentro que dominara todos los registros.

Noel Sanvicente, el nuevo seleccionador, inició la búsqueda.

Su primer logro fue ayudar a Rincón a evolucionar. Al capitán de maneras espartanas, de repente, se le vio tirar caños y lanzar pases filtrados. No obstante, por carencias estructurales, Venezuela no podía jugar con un solo mediocentro. ¿Quién debía acompañar ahora a Tomás? Dos nombres encabezaron la lista: Edgar Jiménez y Rafael Acosta. El primero buscaba las oportunidades que antes había merecido y no tuvo. El segundo quería cumplir con un destino que su talento auguraba desde categorías juveniles. Ambos venían de dominar el fútbol venezolano en la temporada 2013/2014, con el contracultural Mineros de Guayana, de Richard Páez.

El exdirector técnico de la Vinotinto había logrado un equipo tan extraño en nuestro fútbol que nadie comprendía cómo sus jugadores se pasaban la pelota con tanta precisión en campos tan maltrechos. Mineros y Páez estaban ofreciendo una evolución inédita en el torneo. Edgar y Acosta eran el sostén de ese conjunto. 

Esta vez, Edgar sí tuvo muchas oportunidades en la selección. Su técnica era de las mejores que había visto el fútbol local en lo que iba de siglo, así como su capacidad para organizar el juego. Pese a eso, parecía no asumir su vida con el profesionalismo necesario para exprimir al máximo sus posibilidades. Su nivel decayó y pronto dejó de ser una opción. Con Acosta pasó algo similar. Destinado a la gloria desde el Mundial Sub-20 de Egipto, tenía condiciones para hacer una buena carrera en Europa. Su inmadurez dentro y fuera de la cancha lo perjudicó. No logró consolidarse tampoco en la Vinotinto

Ahí apareció Luis Manuel Seijas, un volante de segunda línea zurdo, disciplinado y dispuesto a mejorar. Chita lo puso como mediocentro y el equipo creció. Pese a sus limitaciones en la marca, sabía moverse bien al defender hacia adelante. Además, tenía un mejor repertorio con el balón que los demás candidatos.

El problema fue que, en general, el equipo no pudo desplegar el juego que se le pidió y abundaron los errores individuales. La actualización debía ser paulatina: era imposible lograrla rápido con el hardware del que se disponía. Necesitaban unos futbolistas con capacidades que no había en el país. Seijas, aunque movía la pelota con más criterio, necesitaba de tres toques para hacer lo que sus colegas de otras selecciones hacían en dos o uno. Arquímedes Figuera fue la última apuesta de Noel para la demarcación. Este, en el torneo local, se movía como un jugador súper completo. Pero el torneo local es de bajo nivel. Cuando saltaba a escenarios internacionales, se notaba que la técnica con pelota que exhibía en Venezuela era en verdad demasiado limitada. Se hizo fuerte solo en la contención.

Ya con Rafael Dudamel como seleccionador, el plan de juego volvió a ser encerrarse, aguantar y arañar puntos. El problema es que si no se mejoraba con el balón, no se podría aspirar a un cupo en el Mundial. ¿Se tenían las piezas para eso? No. ¿Conclusión? Venezuela jamás ha tenido los recursos para cumplir la meta que tanto anhela.

Bienvenido Yangel

Yangel Herrera pertenece a una generación que creció pateando balones desde niño, lo que mejora su relación con la pelota si se lo compara con sus antecesores. Además, creció en un entorno que había mamado la mentalidad de la era Páez y el profesionalismo de la era Farías. También se benefició de la ley del juvenil, que desde 2010 obliga a los equipos a alinear un Sub-20 en cada partido. Ya a los 18 años era uno de los volantes centrales más destacados de nuestra Primera División.

Dudamel le dio el espaldarazo. Yangel, que es el único futbolista en marcar en todas las categorías con la Vinotinto (Sub-15, Sub-17, Sub-20 y absoluta), fue capitán del equipo que logró el subcampeonato en el Mundial Sub-20 de 2017. Además se llevó el Balón de Bronce.

Luego del Mundial, lo fichó el Manchester City que de inmediato lo cedió. La dirección deportiva del club, una de las más serias del planeta, ha vigilado de cerca su progreso. Yangel compitió desde muy joven con Monagas Sport Club y se consolidó en primera con el Atlético Venezuela.

Consciente de venir de un fútbol lleno de carencias, ha aprovechado sus años formativos finales con los mejores mentores extranjeros. Siempre con la pausa de quien cosecha un triunfo y no el apuro de quien se estrella.

En New York City se adaptó a nuevas exigencias y compartió con leyendas, en el Huesca conoció el fútbol de más nivel del mundo y le agarró el pulso de tal modo que la campaña siguiente, en el Granada, se convirtió en uno de los mejores mediocampistas del torneo español.

Pase lo que pase con la Vinotinto, parece listo para que la mitad de la cancha sea suya. La actualización que tanto echa en falta Venezuela aún es un proceso engorroso. Los problemas formativos no se han solucionado, pero, gracias al contexto y a casos especiales, comienzan a aparecer perlas con capacidades más contemporáneas, que pronto se consolidan en el torneo local y luego pasan a formarse en el extranjero. Es el caso de Yangel, un ejemplo privilegiado de lo que necesita la selección.