La cestería yekuana llega al Salón Satellite de Milán

Mientras la minería produce grandes daños en la naturaleza y la cultura del Caura, una artesana yekuana organiza a las mujeres de su comunidad para producir y vender sus tejidos dentro y fuera de Venezuela

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La artesanía indígena de Venezuela no tiene el reconocimiento que merece. Pero hoy se trata también de hablar del impacto de la minería

Me siguen preguntando por ella y por su cestería fina. Les cuento.

Ella se llama Dawa, “madre de la yuca”, porque así lo quiso su bisabuela Jöjömeyeü. También se llama Luz María, porque así lo quiso la monja que la presentó en el registro civil. Nació y creció en Siwitiña, ese lugar en el Alto Caura que, si no fuera por su nombre cristiano de Santa María de Erebato, no estaría en ninguno de los mapas trazados por europeos aventureros y criollos científicos. Ahora vive en Maripa, en el bajo Caura y, desde tal lejanía, Dawa viaja hasta Caracas de vez en cuando y me cuenta lo que tiene que contar. 

―Yo soy yekuana y fui testigo cuando empezó la explotación minera.

Entre 2002 y 2004, Dawa vivió en El Playón, una comunidad en el Caura medio que, para ella, es una frontera en la que los peces de arriba no bajan y los de abajo no suben, mientras que los hombres sí: por esos años, según recuerda, dos yekuanas foráneos fueron a la montaña del río Yuruani buscando oro. Lo encontraron y se fueron a Maripa a contarle a los demás.

―Entonces empezaron a llegar los yekuana que vivían en Maripa. Llegaron a explotar, porque necesitaban vivir del dinero. Entonces entran también los criollos de Maripa y a la fuerza.

Dawa entendió que aquello comenzaba a ser la realidad de un sueño que tuvo en 2004: la comunidad El Playón estaba invadida por la Guardia Nacional.

―En 2006, El Playón estaba invadido por mineros y policías, y las comunidades empezamos a analizar cómo sacar a los mineros, porque entraron demasiados y destruyeron El Playón. Ese año, la policía mató al cacique Marcelo, creían que tenía oro. Era mi tío. Los yekuana reaccionamos y se hizo una denuncia al Gobierno, y en ese momento se sacaron a los mineros y se disminuyó la minería.

La muerte del cacique casi fue la muerte de la artesanía y también el nacimiento de algo más.

―Él organizaba para vender. Después que él falleció, nadie más se ocupó de nuestra artesanía, porque luego empezó el Arco Minero: llegaron los criollos con la industria grande y se apropiaron de nuestro territorio.

La cestería yekuana es producto directo de la relación con la naturaleza

La Zona de Desarrollo Estratégico Nacional Arco Minero del Orinoco también lo había soñado Dawa en 2012: muchas alcabalas en el Caura.

―La gente cree que ir a trabajar con la empresa es sacar oro. Ahora es un territorio sin ley, se volvió inseguro y no se sabe qué pasa con los yekuana.

El territorio al que le quitaron sus leyes del que habla Dawa es su casa y patio, o lo que es igual, una de las reservas forestales protegidas en Venezuela desde 1968, la misma que volvió a protegerse con el Plan Caura de Hugo Chávez cuarenta años después, pero que, en 2017, se desprotegió tras la creación del Parque Nacional Caura y su plan de ordenamiento en 2018.

―No nos consultaron. Nuestro reglamento dice que todas las montañas sagradas no sean explotadas. Ni nosotros talamos solo por talar. Después de hacer los conucos, esperamos como diez años a que la tierra se recupere para que pueda ser la misma. Es un sistema ordenado que existe para nosotros tener conucos sin hacer daño. Nosotros no practicamos minería, porque no estamos de acuerdo. Si nosotros traicionamos, como me decía mi bisabuela, estaremos mal: no tendremos territorio ni hogar.

Es decir, el plan de ordenamiento del parque más extenso del país desordenó las leyes ancestrales que rigen el código de honor, el complejísimo orden social y la vida sagrada de una de las comunidades indígenas que allí habita. De manera que el plan ni siquiera tomó en cuenta la protección legal a estas comunidades consagrada en la Constitución del 99.

―Están destruyendo, porque Caura no es su hogar, pero es nuestro hábitat… A veces acudimos al ministerio indígena y tampoco nos resuelven.

Dawa cuenta y recuenta en español. Quién lo diría: aquel idioma tan correcto y conciliatorio que le enseñaron las monjas y los curas españoles, se le ha vuelto el idioma de los conflictos, defensas y negociaciones. 

―Después de todo esto, algunas mujeres creíamos que ya no se podían vender nuestras artesanías, porque solo vendíamos en El Playón a los turistas, porque los únicos que valoraban nuestro arte eran los que venían de afuera. La mayoría de los venezolanos decían y todavía siguen diciendo: “Eso es artesanía, eso no cuesta mucho” y se dejaron de hacer, y se estaba quedando en el olvido la cestería con figuras, hasta que comencé a impulsar que se volviera a hacer.

Porque Dawa es la representante yekuana de la Red de Mujeres Artesanas Indígenas y esto no es un logro menor: por “unos extranjeros que fueron al Caura” con la Fundación Tierra Viva, la Fundación Finatura y un financiamiento de la Unión Europea para un proyecto de emprendimiento de mujeres indígenas, Dawa aprendió a valorar su trabajo, supo qué es el comercio justo y cómo ponerle precio a cada pieza de su etnia. Y sobre todo aprendió que la cestería de las mujeres yekuana puede tejer relaciones entre ellas y con los criollos.

Así, las que eran dos maestras tejedoras, ahora son más de sesenta que se organizaron para enseñar y aprender entre ellas y, de esta manera, continuar la tradición. Se han sumado algunas aprendices y Dawa se siente orgullosa.

Algunas de las piezas que Dawa ha llevado a ventas en Caracas

―Yo creo más en las potencialidades de nosotras, de todas juntas, que ya estamos organizadas, porque he visto que los hombres hacen muchas reuniones, pero pocas acciones, y se van a las minas, y las mujeres se están yendo detrás de ellos o se van para buscar esposos. Pero los criollos que van hacia las minas son malandros, no tienen calidad de vida para uno hacer su proyecto de vida. Los jóvenes no quieren estudiar en la universidad indígena en Tauca, cerca de Maripa, y también se van a las minas. Nadie quiere hacer conuco. Pero creo que nosotras somos el tronco para conservar nuestras tradiciones, porque mantenemos el conuco, el alimento, educamos a nuestros hijos.

Alguna vez su bisabuela le preguntó: “Si no sabes tejer, ¿cómo vas a vivir la vida?”. Así comenzó su educación. Dawa no encontró la respuesta cuando jugaba con una cesta pequeñita, sino cuando aprendió a hacerla para cargar su vida y la de los suyos: la cesta con la forma de su espalda para meter yuca y leña del conuco o sal y jabón del pueblo; la cesta ovalada para guardar su maquillaje ceremonial y para los objetos familiares sagrados; la cesta redonda con tapa para sus objetos más íntimos.

De manera que la respuesta a aquella pregunta de la abuela fue atar la vida de antes con la de siempre y, sin quererlo, mantener lo que todavía se dice: no hay pueblo más artista en la Amazonía venezolana que el Yekuana. Como en ninguna otra etnia, las mujeres yekuana tejen sabiendo la utilidad, el adorno, la proporción, el mito que se contará en figuras y que todo esto ha de convertirse en tramas de elegancia inesperada. 

―La cesta es esencial para nosotras. Todo lo que se usa en el día se sigue tejiendo porque se necesita, eso no se ha perdido. También yo creo que las cestas, tejer las cestas, es nuestra identidad milenaria, propia, no es inventada ni apropiada, es algo que sí es venezolano de aquí mismo.

Todo en el arte indígena tiene una función, y nuevos usos adquieren las piezas en el entorno urbano

Precisamente por eso, las cestas yekuana se exhibirán en junio en el Salone Satellite di Milano, uno de los mayores eventos del mundo para jóvenes diseñadores. Dawa va con ellas, invitada por el curador y diseñador venezolano Rodolfo Agrella.

―Mis manos y mi sabiduría se encuentran en mi tejido, porque estoy tejiendo el camino de mi vida… Creo que estoy cumpliendo con mi comunidad, pero me da miedo que mi último sueño, de hace dos años, sea verdad como los otros: van a venir unas personas y tardarán dos a tres años para iniciar una masacre en el salto Pará, que es donde está el puerto de esa mina. Ya le dije a los sabios y se me quedaron mirando como usted me mira.