Los nómadas eléctricos

En los apagones, los freelancers venezolanos improvisan dispositivos caseros para obtener energía y patrullan las ciudades cazando electricidad y señal de internet

Retrato de freelancer gocho con azotea e invento, 2019

Foto: Carmen Guillén

Escribo esto desde una azotea en el centro de Mérida, conectado a una planta eléctrica de 4,5 kilovatios por 120/220 voltios que funciona con gasolina, propiedad de una tienda de zapatos.

La mayoría de los establecimientos, restaurantes y centros comerciales en mi ciudad cuentan con plantas termoeléctricas similares, que se encienden durante los blackouts diarios —de 8 o 12 horas— y nos dejan sin energía gran parte del día o la noche. La señal de telefonía móvil o digital es intermitente, lo que me ha obligado a practicar la costumbre de escalar a los tejados más altos de mi calle para poder escuchar las noticias y comunicarme con mis compañeros de trabajo.  

Yo —como miles de freelancers— me he convertido en un nómada eléctrico que persigue la energía, la conexión a internet y la señal telefónica con el mismo ímpetu con el que busca agua en las minas o camiones cisternas para sobrevivir. 

Para mí, alguien cuyo trabajo depende de una conexión activa a internet y de electricidad para escribir, los apagones son una completa pesadilla. Y también para cientos de redactores, correctores, periodistas, diseñadores, fotógrafos, editores, profesores, traductores, operadores, productores, reclutadores, ilustradores, escritores, guionistas, comerciantes con tiendas online, community managers, técnicos de imagen y sonido, youtubers e influencers en el interior de Venezuela, que perdieron sus trabajos durante los 30 días siguientes al apagón del 7 de marzo. 

Power stability required

Trabajar de manera remota con clientes extranjeros era una opción viable para sortear la crisis. Incluso la paga más sencilla de un encargo en plataformas como Fever, Upwork, o Workana representaba una ganancia mucho más significativa que cualquier salario mínimo (4 US$) en Venezuela. La competencia de freelancers venezolanos en los sites de trabajo era bastante significativa, pues eran mano de obra barata dentro de la comunidad digital, pero luego de los blackouts muchas empresas y empleadores han desistido de contratar personal venezolano. Varias ofertas de trabajo piden power stability para poder contratarlos. 

Andrea Pinto López, de Valencia, relata que “cada vez que se va la luz de día, nos vamos al Sambil Valencia. Vivimos cerca, hay planta 24/7 y buena señal Movistar. Ahí trabajamos a veces desde las 10 am hasta las 7 pm, usando el teléfono como router. Hemos gastado muchísimo dinero en saldo, pero vale la pena si nos permite cumplir nuestras pautas. Al principio nos tocó ir varios días a trabajar sentados en el piso todo el día, era horrible y terminamos adoloridos. Ya ahora sabemos dónde hay enchufes y sillas, nos llevamos regletas y se ha formado una especie de coworking itinerante en esos puntos del centro comercial. Es muy frustrante, pero afortunadamente ambos (mi novio es coordinador de proyectos a distancia y yo soy escritora) hemos logrado cumplir con todos los clientes. Saber que estoy trabajando y produciendo en medio de este caos es lo que me mantiene cuerda y con ánimo para seguir”.

Me encargué de preguntar en Twitter a la comunidad freelancer cómo se las habían ingeniado para sortear los días de oscuridad y recibí más de mil respuestas entre mentions y replies. Los testimonios son impresionantes: personas que patrullan las ciudades donde viven buscando lugares donde conectar sus teléfonos y laptops; pequeños coworkings improvisados en cafeterías, restaurantes u hoteles que cuentan con plantas; chicos que cargan toda suerte de enchufes para conectarse y trabajar en cualquier lugar donde haya luz; UPS improvisados con baterías de automóviles para darle energía a computadoras de escritorio; y peregrinajes a estaciones y centrales de telefonía digital de madrugada para lograr conexión y así poder enviar sus trabajos. 

Esos nómadas eléctricos organizados se arriesgan a moverse con sus equipos —en uno de los países más peligrosos del mundo, donde te pueden asesinar para robarte un celular— a cualquier lugar donde se rumoree que hay energía o conexión inalámbrica, para trabajar contra reloj y sin saber en qué momento todo volverá a quedarse a oscuras. Es como vivir una ucronía cyberpunk en donde en mitad de un desastre que pretende mandarte de vuelta al siglo XVIII, tú haces lo posible para mantenerte a flote con tecnología improvisada o descontinuada.

“Durante el apagón del 7 de marzo organicé en mi casa un campamento ya que contaba con agua y gas suficiente para aguantar varios días”, contó Beatriz Rondón desde Sebucán, en Caracas. “Recibí a dos familias de casi diez miembros cada una y refrigeré sus alimentos y medicinas. Resolví la electricidad usando un convertidor de energía para autos. Soy creadora de contenidos, manejo cuentas de tecnología. El internet lo conseguí conectado el hotspot de mi telefono a mi computadora y así pude cumplir con mis entregas”.

Refugiados digitales

Son negociaciones de lado y lado. Aunque muchos clientes extranjeros no entienden la situación de Venezuela o no les conviene contar con trabajadores que no puedan entregar sus encargos a tiempo, muchos otros han podido empatizar con sus proveedores y han flexibilizado sus tiempos de entrega sin recortar sus pagos. Algunos freelancers han optado por hacer el trabajo offline, que pueden organizar sin necesidad de conexión a internet, durante el tiempo que dura la batería de sus portátiles, y luego aprovechan cualquier segundo de señal para enviarlos. Otros se han aprovisionado de los equipos necesarios para subsistir sin energía y, como preppers, supervivencialistas, han comprado sus propios generadores eléctricos, internet satelital y UPS para mantenerse conectados pase lo que pase. 

Pero este no es el caso de la mayoría; muchos perdieron sus equipos durante los abruptas movimientos de voltaje y recuperarlos es una tarea imposible. Otros tienen hijos pequeños —que durante los apagones no pueden ir a clases pues han sido suspendidas por decreto gubernamental del régimen— y no pueden trasladarse a ningún lugar para poder trabajar fuera de sus casas. 

Esto está generando desplazados internos, como cualquier catástrofe. Los freelancers en las ciudades fronterizas —las más afectadas han sufrido blackouts de más de 100 horas— han migrado rápidamente en condición de refugiados digitales a Colombia para poder seguir operando. Otros, más cerca de Caracas —ciudad que “se apaga” menos— también se han desplazado hasta allá para continuar con sus ocupaciones. 

Claudia Da Silva, residente de Mérida, escribe: “Tuve que dejar la ciudad en la que viví toda mi vida. Tuve que venirme a Caracas para no morirme de hambre, porque el racionamiento eléctrico en Mérida me iba a dejar sin trabajo. Ahora estoy en una ciudad extraña pero en el siglo XXI. Los míos permanecen en la Edad Media”.

Es una crisis eléctrica que se podría extender indefinidamente mientras los chavistas sigan el poder, y la conexión a internet es casi nula: 0,8 megabit por segundo. La mayoría de venezolanos usa la conexión de la empresa estatal Cantv, inoperativa incluso antes desde del primer apagón. Así que lo más probable es que la dramática ola migratoria del 2019, producto de los apagones, se lleve consigo a un grueso importante de los freelancers que habían resistido el embate de la crisis. 

Pero ¿seguirán siendo competitivos si tienen que cobrar en otros países mucho más de lo que pueden pedir viviendo en Venezuela?

Esta pieza se publicó originalmente en Caracas Chronicles