Brasil no es país para principiantes

Este es un lugar muy complejo pero la elección del 2 de octubre aclaró algunas cosas: la poca confiabilidad de las grandes encuestadoras, los detalles del sistema que usan 156 millones de votantes, y la preocupante adoración de un “salvador” cada cuatro años

Bolsonaristas se concentran en los alrededores del Congreso Nacional, en Brasilia.

Foto: Gabriela Álvarez

Eran casi las nueve y media de la noche del domingo, en el horario de Brasilia, cuando se despejó la duda de forma definitiva: habrá un segundo turno para decidir quién gobernará Brasil a partir del 1 de enero de 2023. Después de meses de campaña feroz, en los que la disputa quedó entre “un genocida” y “un ladrón”, una parte de la prensa estaba más preocupada por posicionarse que por informar; y dos debates televisados con tanto drama como la nueva versión de Pantanal, llegó por fin el domingo 2 de octubre. 

El escrutinio alcanzó el 98 % de los votos emitidos un poco más de cuatro horas después del cierre de los colegios electorales. Fue un conteo rápido que comenzó dándole la mayoría a Jair Bolsonaro durante varias horas, pasó por el empate y terminó con un Lula Da Silva vencedor con 48,43%. Este final, que pulverizó la credibilidad de las encuestas, se leyó más como una derrota del PT: la previsión era que el Partido dos Trabalhadores ganara cómodamente con un margen de entre 10 y 17 puntos en la primera vuelta. La realidad mostró apenas una diferencia del 5 % con el actual presidente y candidato rival. 

La complejidad de las elecciones brasileñas no se entiende fácilmente desde fuera. En estos comicios los ciudadanos debían elegir no solo al nuevo presidente del país —la disputa que generó más preocupación en toda la comunidad internacional—, sino también a 27 senadores (un tercio del total), 513 diputados federales, 27 gobernadores y más de mil diputados estatales. A esta enorme cantidad de opciones hay que agregarle un factor más: el voto es electrónico y cada candidato se identifica con un número. Aquí no hay un tarjetón con el logo del partido ni con una foto del candidato, sonriente y rejuvenecido mágicamente por el Photoshop. Por eso existe lo que llaman cola eleitoral, que es nada menos que una “chuleta electoral” que el Tribunal Superior Electoral pone a disposición del ciudadano para que la prepare en casa, antes de enfrentarse a los botones de la urna electrónica.

Confieso que fue un alivio no tener que esperar la rueda de prensa del presidente del TSE para saber las cifras.

En Brasil es suficiente tener un celular y acceso a internet para acompañar el conteo en tiempo real por estados y hasta saber cómo se comportó el voto en el exterior.

La plataforma está disponible para los 156 millones de brasileños con derecho al voto este año, a través del sitio web del TSE. Entre la desconfianza sin base de los bolsonaristas frente a la vulnerabilidad del sistema electrónico de votación —en uso desde hace 26 años en Brasil— y la incondicional e incomprensible adoración de los petistas por el retorno de un anciano Lula, probadamente condenado por corrupción, una buena parte de mis amigos brasileños vivió los últimos meses de campaña electoral con la esperanza de algún batacazo con chance de sacarlos de esta polarización. Del otro lado estaban los venezolanos que, si pudieran votar, le habrían dado la reelección a Bolsonaro en su mayoría.

Dos venezolanas curiosas y una elección

Yo crecí en un hogar en el que mi mamá insistía en hacernos participar en cualquier evento de carácter político: mítines, reuniones de la junta de condominio, debates televisados en el único aparato que había en la casa. Como inmigrante que huyó de la dictadura franquista, nos hablaba de lo importante que era defender el voto, participar en las elecciones y reclamarles a los gobernantes que cumplieran sus promesas. En fin, cuidar la democracia. Imagino que a su insistencia natural la alimentaba la esperanza de que algún día, en lugar de torcerle los ojos de fastidio, le diéramos las gracias por habernos inculcado esa conciencia política. Gracias, mamá. 

Cuando tuvimos edad para hacerlo, la acompañábamos aún de madrugada a instalar la mesa de votación de la que siempre era miembro voluntario en Los Teques. Le llevábamos el almuerzo, un termo de café negro y también algo de comer a los soldados que cuidaban todo el proceso. “A esos pobres muchachos no les dan ni agua”, decía con el tono más maternal del mundo, mientras les hacía unos sanduchitos la víspera de las elecciones. Por todo eso y por la amarga historia que nos ha tocado vivir a los venezolanos los últimos veinte años, cualquier elección me interesa. Y esta, en la que el país que ha sido mi casa los últimos 13 años puede poner su futuro en manos de un aliado de Maduro, no podía ser la excepción. 

Una simpatizante del PT pasea en la Esplanada de los Ministerios en Brasilia.

Foto: Gabriela Álvarez

A las 8 de la mañana se abrieron los colegios electorales en Brasil y a esa hora ya estaba cuadrando con una amiga cómo íbamos a entrar a un centro de votación para ver el proceso de cerca. Los vagos recuerdos del Plan República y de la tensión constante en momentos de votación en Venezuela, donde todo son prohibiciones, me desanimaban un poco. Mi amiga, muchísimo más confiada en su labia, lo resumió todo en un “No, chica, hablamos con alguien ahí y seguro nos dejan entrar”. Por fin, a las 11:20 de la mañana acompañamos a mi esposo que vota cerca de la casa, en la Universidad de Brasilia. 

La primera sorpresa fue ver a la gente yendo a votar usando símbolos de su partido y la cara de su candidato.

Familias enteras cargando banderas rojas, azules, moradas, carteles de cartón escritos a mano, franelas de Lula Livre, otras con la cara de Bolsonaro y muchas de la selección de Brasil. “Aquí se va a armar un peo”, pensé.

Vestir de verdeamarelo se convirtió en el uniforme de las protestas anticorrupción que inundaron las calles de Brasil en la época del impeachment de Dilma y de la Operación Lava Jato, y en las que escuché por primera vez la consigna A nossa bandeira jamais será vermelha! (¡Nuestra bandera jamás será roja!). A partir de ese momento, en un intento por unir a la sociedad bajo el manto institucional y apolítico que deberían tener los símbolos patrios, la bandera brasileña se convirtió en el símbolo de quienes condenaban la corrupción, y la franela amarilla de la selección de fútbol, en su principal pieza de mercadeo. 

La victoria de Bolsonaro en 2018 fue posible gracias al voto de esa masa unida en torno a la defensa de la Lava Jato y contra el PT, el Partido de los Trabajadores de Lula y Dilma Roussef, que acumulaba una larga lista de denuncias. Poco después, los asesores del nuevo presidente incorporaron la frase “gobierno sin corrupción” al discurso diario, y en un pase de magia, la bandera y el amarillo acabaron por vincularse a la campaña por la reelección de Bolsonaro.

En la puerta del centro de votación de la UnB, media docena de policías militares garantizaba la seguridad del local. Solté un Bom dia!, esforzándome para disimular mi acento y mi nerviosismo de arrocera que se estaba coleando en la fiesta electoral. Algunos devolvieron el saludo sin mucha emoción. Primer punto de seguridad superado. Ya dentro, nos recibió una cartelera con los números grandotes de las cuatro mesas allí instaladas, un papel avisando sobre la prohibición de entrar con armas y otro explicando qué tipo de ayuda pueden recibir las personas con deficiencia visual. No había listas con los números de cédula, ni los nombres de los electores por mesa. Todo el proceso había sido organizado de forma digital y la única preocupación del votante era llevar su carnet de elector.

Me acerqué a un muchacho que llevaba un chaleco amarillo con la palabra «voluntario». Le confesé que estaba ahí para observar el proceso —a estas alturas era imposible hacerme pasar por hablante nativa de portugués—, porque sentía verdadera curiosidad por saber cómo iba a desarrollarse la contienda más polarizada que recuerdo haber vivido aquí. “En mi país está prohibido llevar cualquier cosa que pueda mostrar por quién vas a votar”, le conté. Enzo, que así se llamaba, me explicó que en Brasil puedes ponerte lo que quieras, pero no puedes expresar a viva voz ideas, consignas o preferencias. “¿De dónde eres?”, me preguntó. Al oír “Venezuela” puso cara de quien se acaba de llevar el dedito del pie con la pata de un mueble. “Sí, ya sé que debemos tener el récord mundial de elecciones en 23 años”, le dije agarrándole cariñosamente el brazo, “pero la mayoría de ellas ha sido un fraude”. 

Mientras tanto mi amiga interrogaba a otra voluntaria, de pelo blanco y entrada en los sesenta. “Llevo años haciendo este trabajo. Antes las elecciones eran más alegres, eran como una fiesta”, le contaba, mientras familias, ancianos y niños entraban en las colas animadamente, los conocidos se saludaban con cariño y alguna joven lloraba emocionada después de votar. Al final, todos salían con la cabeza ocupada en dónde iban a almorzar. Todo en calma, todo normal, como si estuviésemos en la cola del banco o en la fila del restaurante de self-service. Concluimos que si lo de hoy es tristeza, probablemente en otros tiempos se repartían caipirinhas en los centros electorales. Al despedirme, Enzo me sugirió amablemente: “Si ya vives hace tanto tiempo aquí, pide la nacionalidad y votas en las próximas elecciones”. 

Una final Caracas-Magallanes y los grupos de WhatsApp

Nadie creyó que el llamado “voto de la vergüenza” (el de quienes votan por el mal menor pero no creen en ningún candidato) iría a parar completico a las arcas de Bolsonaro. Tampoco que de los 27 senadores electos, solo 3 serían del PT. Y mucho menos que más de 57 millones de brasileños le endosarían un cheque en blanco por tercera vez a Lula. Con estos resultados, en el que la mayoría de las cámaras está más cerca ideológicamente del Partido Liberal (PL) y por tanto, del presidente en funciones, el Congreso se presenta como una piedra de tranca para un eventual mandato de Lula y como un poderosísimo aliado en un posible segundo mandato de Bolsonaro. 

Brasil es hoy uno de los pocos países de América del Sur donde no gobierna la izquierda, que tiende a hacerse la vista gorda ante las atrocidades comandadas por Maduro.

Con unos 350.000 venezolanos en este país, estas elecciones son tan dramáticas como una final Caracas-Magallanes o un Miss Universo para los venezolanos.

Aquí viven no solo quienes cruzaron la frontera por Santa Elena de Uairén y fueron recibidos por la Operação Acolhida  en Pacaraima. En el último año y medio han llegado miles por la pequeña ciudad norteña de Assis Brasil, en la triple frontera entre Brasil, Perú y Bolivia; o por Foz de Iguazú, al sur del país. Para muchos es su segunda o tercera migración, siempre huyendo de un destino que parece inevitable, o como lo describe un conocido: “Mudarse de país en Latinoamérica es como cambiarse de camarote en el Titanic”. 

Pasé la noche del domingo enviándole capturas de pantalla y mensajes de audio a mi mamá, que desde Los Teques recibía mis cables informativos a través de los datos del celular de mi hermana. Como de costumbre, estaban sin internet en la casa. El lunes me cayó una avalancha de mensajes de los grupos de venezolanos de WhatsApp. Preguntas retóricas, plegarias, frases derrotistas y chistes sin gracia, se mezclaban con emoticones llorones. “¿Y ahora para dónde nos vamos a ir? Yo llegué de Perú hace dos años”. “Nos queda es ahorrar y chao. Obrigado”. “A seguir conociendo el continente. ¡Nos vemos en el Darién!”, soltó alguien con pésimo sentido de humor.

Mientras me tomaba el primer café de la mañana, en mi cabeza se instaló la pregunta sobre qué hace a las personas defender y adorar con fe ciega a los políticos. En mi corazón, el temor de que hayamos iniciado el camino sin retorno de la polarización, también en Brasil. Y en mi vida, la absoluta certeza de que mientras tenga salud, continuaré el camino de las piedras que gracias a internet, sigue construyendo mi mamá, a sus 85 años, desde su cuenta de Twitter: “Abandonar la lucha es lo último que debemos hacer. Aún queda mucha gente buena, entre ellas usted… ¡y yo!”.