Fe de vida

¿Se puede seguir cuando una injusticia te marca para siempre? ¿Se puede afirmar la vida por lealtad con los que nos dejaron y por responsabilidad con los que quedamos? Hay un eros que guía en ese camino que encontró Lissette Gonzalez 

"Todavía hoy cuando una mujer anhela sexo aparece la culpa, aunque sea fugaz y mínima. Pero si tu papá es un preso político es mucho peor"

Foto: Héctor Poleo

Mi vida se detuvo los muchos meses de visitas al Helicoide entre 2014 y 2015. 

Mi papá, un piloto retirado de 63 años, había sido detenido por el Sebin en su casa el 26 de abril, un patriota cooperante lo acusó de financiar y articular las guarimbas. He contado  la historia de la detención de mis padres, del allanamiento de su casa, la de mi hermana y la agencia de viajes de la familia. La muerte de papá en el calabozo diez meses más tarde fue noticia. De esos días no he escrito nada todavía. 

Lo que pasa en las fechas que uno marca en el calendario por el dolor o la felicidad, es más fácil de recordar y contar que esos intervalos entre ellos que se suceden sin nada extraordinario. Pero de las pequeñeces está hecha la vida, hasta la vida de quienes deben lidiar con la persecución y la violencia.

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Mientras papá estuvo preso no pude hacer planes de largo aliento. La vida se centraba en superar obstáculos: conseguir las medicinas de mi papá, organizar lo necesario para cada visita, preparar comida y agua potable, una cava, una mesa plástica o un colchón en buen estado, lograr que nos dejaran pasar. 

Perdí mi rutina de quince años: ir a dar clases a la UCAB cada mañana, tras dejar a los niños en el colegio. Los jueves tocaba ir al Helicoide de visita y cada tanto había que acompañar a mamá a las audiencias en el tribunal.

La crisis económica nos había empezado a pegar con fuerza poco antes, y yo había decidido buscar opciones para salir del país. Tuve que descartar con tristeza postularme a puestos en universidades que buscaban un perfil como el mío: profesores universitarios con doctorado, sociólogos dedicados al área de estratificación. No concursar era perder una oportunidad de oro, no he vuelto a ver vacantes como esas, pero no podía desaparecer en un momento en que me necesitaban en mi familia. 

Fueron pocas mis conferencias en 2014, hay si acaso alguna publicación académica que merezca resaltarse, hasta mi blog perdió su periodicidad semanal. Mi cerebro dejó de ser creativo y me convertí en un robot para poder soportar la nueva rutina sin sobresaltos, pese al miedo y las incertidumbres detrás de cada puerta cerrada en el Sebin. Tenía que hacer un gran esfuerzo para no mirar hacia allá, para no fantasear, no preguntar. 

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Tampoco es que fuera rutilante mi vida amorosa antes de 2014. Las cuarentonas divorciadas y con hijos no son muy atractivas en estos tiempos. No soy ninguna “mami” y tampoco la perfecta ama de casa (he descubierto que este último tipo de divorciada suele encontrar pareja bastante rápido). Hubiera necesitado un prospecto interesado en una mujer que da clases, escribe, publica y a veces entrevistan en la TV. Claro que hay hombres que encuentran todo eso atractivo, pero no solían estar dispuestos a lidiar con la maternidad incluida en el paquete. Al menos eso fue lo que a mí me tocó en suerte esos años.

Antes había dado algunos traspiés, pero después de la detención de mi papá, ni siquiera. Cero. Rien. Nothing. Al principio ni me di cuenta. Creo que caí en cuenta en las vacaciones de esa Navidad, que no fueron tales, pero al menos no tenía que ir a trabajar. No recuerdo con precisión cómo, seguramente los niños fueron a pasar unos días con su papá y a mí me tocó enfrentar la casa vacía sin poder escaparme a la oficina.

Todavía hoy cuando una mujer anhela sexo aparece la culpa, aunque sea fugaz y en grado mínimo. Pero si tu papá es un preso político es mucho peor. Cualquier placer te parece egoísta. Desear compañía, casi un acto de maldad o de deslealtad. 

En esos días concluí que no era justo. Me ayudó imaginarme a mi hermana, que sufría conmigo el mismo calvario, llegando a su casa a refugiarse en los brazos de su esposo. Yo necesitaba también un refugio, así fuera parcial o temporal. Creé una cuenta en Tinder. 

Las app de citas no son la panacea que cuentan. Pueden hasta amplificar la idea de que nadie te desea ni te querrá nunca. A lo mejor hay pocos hombres de mi edad en esas redes, puede que busquen mujeres más jóvenes. A comienzos de 2015 salí con alguno. Nada prosperó y el experimento se interrumpió en marzo, cuando murió papá en el Sebin.

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Se cree que el duelo y el deseo no van juntos, y así fue por más de dos años. Además, necesitaba un puerto seguro más que alivio después de aquel trayecto turbulento. 

Como afecto y compromiso son palabras devaluadas en este reino de lo efímero, había abandonado toda esperanza. Dedicaba mi vida a resolver cada día en medio de la inflación y la escasez. Trabajaba como nunca antes para que mis hijos no tuvieran que dejar el colegio, para reparar mi carro viejo, para seguir comiendo tres veces por día. Ya no solo en la UCAB, aceptaba cualquier consultoría y estaba ante la computadora hasta el sábado en la noche o la noche antes del Año Nuevo. Con ese ritmo era imposible ocuparme de mi soledad.

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No me gustan las citas a ciegas, casi nunca funcionan. Fui a esa cena con mis amigos sin expectativas. Mi hijo pequeño estaba en la playa con sus primos y quise aprovechar la oportunidad para compartir con otros adultos. Comimos rico, vi a mis amigos, eso fue todo para mí esa noche. Tuve la sensación de que ese hombre ni me había mirado. Tan cabizbajo que ni siquiera pude ver sus ojos azules, fumaba y hablaba muy poco.

Pocos días después llegó un mensaje suyo a mi teléfono con una invitación al cine. No la esperaba, pero dije que sí. Vino entonces la ansiedad. No sabía ni qué ponerme. Hacía mucho tiempo que nadie me invitaba a salir.

Elegimos Dunquerque, nada romántico. Supongo que queríamos parecer gente seria, que apreciaba el buen cine. En todos los centros comerciales nuevos los cines quedan en el lugar más alejado del estacionamiento, así que recuerdo una larga e incómoda caminata, no solo por los imprescindibles tacones, sino porque ninguno sabía de qué hablar.

Pasamos las siguientes horas entre sobresaltos en la oscuridad. Yo sufría especialmente cada vez que alguien estaba a punto de ahogarse, llevo mejor los disparos y las explosiones que las muertes en cámara lenta. No hubo manos agarradas ni abrazos, apenas nos conocíamos. Sí algún roce de brazos que hasta el momento ninguno confiesa haber propiciado. En la oscuridad se sentía como un corrientazo suave y placentero.

Después de la película teníamos al menos un tema de conversación. Queríamos tomar una cerveza, pero era tarde y nos costó encontrar un local abierto en la ciudad fantasma. Terminamos en una pizzería en la que solo quedaban dos mesas ocupadas. 

Mi memoria me falla, no recuerdo cómo llegamos a hablar de nuestros muertos: su esposa, mi padre. Ambos el mismo año, con un par de meses de diferencia. No debe ser una manera común de seducir, no la recomiendo.

Pero nosotros allí, compartiendo el dolor, fue cuando realmente pudimos mirarnos. 

Luego llegó el turno de los cuerpos para recordarnos que estábamos vivos. Y ya no solos.

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Conocí a Agustín a finales de 2017. 

Yo seguía deseando salir al exterior, una estancia temporal de investigación que me permitiera leer y escribir con tranquilidad, activar mis planes de investigación y ahorrar para sostenerme como docente al regresar. 

En 2018, en un mismo día, recibí un correo que me negaba una beca y otro con una oferta de trabajo. Mi tranquilidad económica al final no fue cambiar de país, sino de carrera. Ahora que no tengo que preocuparme por conseguir dinero para pagar las cuentas, puedo dedicarme a asimilar lo que vivimos esos meses en el Helicoide. 

No niego que a veces siento culpa cuando veo a otros entregados por años a buscar justicia. En los meses que siguieron a la muerte de papá lo pensé. Sabía lo que había que hacer: organizar comités de víctimas, pensar estrategias comunes apartadas de actores políticos, mantener la presión sobre el sistema de justicia. Pero era un reto intenso e iba a chocar con demandas muy concretas y cotidianas, mis hijos, yo misma. Opté por dedicarme a los vivos.

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La claridad va llegando. El caso de la detención y la muerte de mi papá es uno de los analizados en el Informe de la Misión Independiente de Determinación de Hechos nombrada por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU y ese reconocimiento es muy importante para nosotros, para mí y para mi familia, para los amigos cercanos. Pero no hay justicia todavía y mamá sigue con un proceso judicial abierto. 

Escribir y no olvidar es mi tarea. 

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Uno piensa que la muerte es un final. Hasta si eres creyente, porque entonces la muerte es el umbral que te lleva a la vida eterna. Pero a veces puede ser un comienzo, una conciencia, una nueva oportunidad.