Mi educación roja

Hace más de diez años, cuando yo estaba en secundaria, el chavismo trató de convertirme en un soldado. Terminé como escritor exiliado, pero muchos de mis compañeros sí acudieron al llamado

En el liceo nos iban vigilando y separando, entre los que seríamos obreros o campesinos, y los que debíamos ser soldados de la revolución

Foto: Composición por Sofía Jaimes Barreto

La primera vez que escuché la frase “en una hora nuestros Sukhoi pueden bombardear Bogotá” no fue hace algunos meses, cuando en la ANC retaron al presidente Iván Duque, sino hace más de una década, en una clase de Instrucción Premilitar y Cátedra Bolivariana, en la ciudad de Mérida, donde nos decían “si Colombia nos declara la guerra, nosotros atacaremos primero”. Yo cursaba cuarto año de bachillerato.

Cátedra Bolivariana era en ese entonces un paredón ideológico recién importado por Chávez de Rusia y Cuba luego del golpe del 2002, que terminó convirtiéndose en un potente y bien estructurado plan de adoctrinamiento que avanzó como una máquina en los liceos y escuelas más importantes de mi ciudad. 

En primera instancia, funcionaba como un filtro para estudiar a los chamos y segmentarlos según sus actitudes. Desde primero hasta tercer año, los alumnos veíamos además de las asignaturas tradicionales, algunas materias utilitarias llamadas “taller” con las que nos enseñaban oficios como albañilería, electricidad, cocina y servicio pero en esa otra materia que era premilitar, los chavistas separaban a quienes tenían madera de soldado de los que posiblemente serían solo obreros.

Pasar las materias de inducción histórica, política e ideología, además de los entrenamientos físicos, era mucho más importante que aprobar Matemáticas, Castellano y Biología. 

 

“Ustedes son quienes resistirán la tormenta”

El salón principal era un sótano con el techo bajo, bien iluminado, con dos hileras de mesas de madera pulida frente a una tarima que elevaba el pesado escritorio del profesor. Detrás, un inmenso mural con Simón Bolívar nos observaba a todos. Para entrar había que atravesar un ordenado pabellón de banderas y pasar frente al pequeño nicho que habían dispuesto con cajas y cúpulas de cristal donde reposaban réplicas de las espadas de dos generales de la guerra de Independencia, Vicente Campo Elías y José Félix Ribas. A diferencia del resto de salones que se caían a pedazos y no tenían suficientes pupitres, esto era un santuario patriótico. 

El profesor era un joven orador, carismático y profundamente chavista que dos tardes a la semana nos hablaba sobre la magia oculta tras la dialéctica soviética, y nos explicaba por qué Cuba se mantenía en la pobreza o por qué Venezuela era la más grande potencia económica de América Latina. Hablaba de la revolución china, de las insurgencias suramericanas y de cómo los guerrilleros venezolanos traicionaron la ideología bajando de las montañas. Fue la primera vez que escuché palabras como Operación Cóndor, contrainteligencia, Unión Cívico-Militar. El tipo hablaba mucho de nuestro destino, de que nuestra generación tenía el deber de sostener los pilares del pensamiento bolivariano y defendernos de la opresión de los imperios que pretendían encadenarnos. Hablaba de un enemigo apocalíptico que no terminamos de configurar en nuestras cabezas, pero que sin embargo nos hacía sentir angustia.

Todos los viernes en las tardes teníamos entrenamientos de orden cerrado. Nos enseñaron a formarnos, marchar, recibir órdenes. Nuestros instructores eran directamente cadetes del ejército o habían recibido instrucción como reservistas. Nos formábamos bajo el sol durante horas y trotábamos cantando canciones de soldados. Cuando llegaban los instructores de Cátedra Bolivariana a supervisar los entrenamientos, su trato era diferente: se comportaban como si fueran generales de un pequeño ejército personal, inspiraban temor y respeto. En mi liceo, solo en cuarto año, había unas nueve secciones de 40 estudiantes, lo suficiente para formar un pequeño batallón. 

 

Las canchas de navegación terrestre

El clima era húmedo y helado, la neblina caía sobre el páramo. Recuerdo que lideraba una pequeña escuadra de adolescentes con sus rostros camuflados de verde y negro. Estábamos todos sucios luego de arrastrarnos pecho a tierra bajo alambres de púas en asquerosas trincheras sumergidos en medio metro de barro. Nos guiamos por una brújula y unas coordenadas en un mapa. Di la orden a mi escuadra de avanzar como una línea en lugar de como un diamante. Escuchamos gritos más adelante así que cerré el puño como señal para detenernos. Señalé a uno de los chamos y lo mandé a investigar. Detrás de los arbustos había un muchacho cubierto con lo que parecía sangre y se agarraba el muñón de la pierna destrozada mientras gritaba que se quería morir. Era una prueba de primeros auxilios. 

Así empezaba una de las evaluaciones físicas más importantes de premilitar, que valía más de la mitad de la calificación. Consistía en estar un día o dos en un campamento de entrenamiento en un cerro, atravesando una pista de obstáculos y utilizando todo el tiempo código militar para comunicarnos. Teníamos facsímiles y armas de juguete con nosotros.

Muchos de mis compañeros colapsaron y tuvieron ataques de pánico a lo largo de la jornada. Los instructores mientras tanto apuntaban en una lista quiénes eran débiles y quiénes aguantaron más. 

 

La élite

Habiendo seleccionado a los mejores de cada sección, se consolidaba un grupo que empezaba a operar de manera diferente: primero se les premiaba con privilegios que los demás no tenían —saltarse clases o puntos extra en la nota final del lapso— para actuar luego como una pequeña y organizada comuna, dividiéndose tareas de limpieza, jardinería, mantenimiento y cocina en las áreas comunes que poco a poco tomaba la Cátedra dentro del liceo. Salones, laboratorios, jardines y depósitos que estaban desocupados o abandonados, ahora eran reclamados y acondicionados por orden de los instructores. Posteriormente esos espacios fueron ocupados por núcleos de los consejos comunales, unidades de batalla Hugo Chávez, oficinas de los planes comunitarios del gobierno y cuarteles estratégicos para grupos de choque y contrainsurgencia como los Tupamaros. 

Los muchachos incluso iban los fines de semana o de noche al liceo para hacer mantenimiento, orden cerrado y recibir clases especiales de pensamiento bolivariano. Como en todo grupo de adolescentes que estaba descubriendo el romance y consolidando su círculo de amistad, la sensación de arraigo y pertenencia era muy poderosa, la convivencia afianzaba lazos de confianza entre ellos, pero los aislaba del resto. Eran un grupo élite, superior y más importante que su propia sección de grado, mucho más unido y comprometido, con ideales sólidos y rituales propios. 

Al finalizar el curso, organizaron una parada militar nocturna —con bosque de banderas, iluminada por antorchas— donde los chicos juraban frente a autoridades militares reales asumir compromisos frente a la patria.

La gran mayoría de los chicos aspiraban en ese entonces un lugar en el ejército, la policía o liderar políticamente dentro de sus comunidades. En lo que duran tres lapsos del curso, los instructores habían entrenado y adoctrinado a un grupo de jóvenes leales, diligentes y fanáticos.  

 

El legado

El 21 de septiembre del 2012 fue la última vez que Hugo Chávez visitó mi ciudad. Se encontraba en su última campaña, para las presidenciales de octubre de ese año, y reunió a todos sus seguidores en el viaducto Campo Elías. Yo acompañaba a mi novia de ese entonces a hacer un foto reportaje de la concentración. La mística en el ambiente era extraña y religiosa, el fervor y el éxtasis que inspiraba la presencia de Chávez eran muy impresionantes. A mí me aterraba, no podía concebir cómo tantas personas parecían enamoradas de un solo hombre. Alcé el lente de mi cámara hacia la tarima y allí lo comprendí: entre los guardias había rostros conocidos de mi adolescencia, también entre los líderes comunitarios y voluntarios.

No hubo un solo día entre el 2003 y el 2013 donde el chavismo no estuviera en cada fibra del tejido de mi vida. Estuvo en mi educación, en mi comunidad y dentro de mi familia. Chávez y todas sus ideas eran el ruido blanco que se repetía como un eco en cada lugar que habitaba. Era un sistema muy eficiente que fue perfeccionándose con el fin de que las personas no concibieran el mundo sin él. Vivir esa época del chavismo era como estar atrapado en el sueño de alguien más. O más bien una pesadilla. 

Cuando salí a las calles a protestar en 2014, no tengo ninguna duda de que entre quienes reprimieron y dispararon también estaban ellos, algunos de mis viejos amigos y compañeros de clase, para los que ahora éramos solo un puñado de traidores.  

Al final los chamos de premilitar sí cumplieron su juramento. 

 

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