La última carrera hacia Rumichaca

A partir de mañana 26 de agosto, Ecuador solicitará una visa humanitaria a los venezolanos que quieran entrar a su país. Miles de ellos viajan desde Cúcuta a Ipiales para entrar antes de que la medida se haga efectiva  

Vendiendo lo poco que tienen, sin comida suficiente, con niños: así es el viaje de los desesperados

Foto: National Geographic

El sol se levanta sobre el paisaje desértico de la frontera entre Venezuela y Colombia. Mi teléfono me indica que la temperatura aumentó diez grados en las últimas dos horas: de 27 °C a 37 °C, con una humedad del 70 %. Una multitud se apretuja y discute frente a las mínimas taquillas de las agencias que venden pasajes en una callejuela justo detrás de la oficina de migración colombiana. Los vendedores de boletos intentan negociar y calmar a los venezolanos que desean viajar contra todo pronóstico a Rumichaca, en la frontera de Colombia con Ecuador, para cruzar antes que el gobierno de ese país comience a solicitar una visa humanitaria para ingresar en su territorio. 

“Ya no hay pasajes ni boletas a Rumichaca por hoy, se acabaron, estamos completos”, dice un hombre con tono autoritario mientras trata de que la gente salga de su negocio. Una familia clama que pagará lo que sea así viajen de pie o en el pasillo del bus. Entre Cúcuta y Rumichaca hay al menos 36 horas de viaje. El vendedor accede, hacen el trato y promete “acomodarlos” en alguno de los buses que salen en la noche. Son dos mujeres y unos cinco niños, que juegan a lanzarse piedras descalzos al lado de un desagüe. Partirán de madrugada con sólo un galón de agua y dos panes de guayaba para todo el trayecto. 

“Saca tú mismo el cálculo”, me dice Pedro Rodríguez, jefe de una agencia de transporte en La Parada, del lado colombiano. “Aquí en La Parada hay unas 76 agencias legales  de transporte. Solo el día 22 de agosto, cada una despachó, mínimo, alrededor de tres buses de 45 puestos cada uno. Todos con destino al puente Rumichaca. No nos dábamos abasto, chamo. Las agencias que más movieron gente mandaron hasta seis buses. Por lo bajo, se movilizaron alrededor de 11 mil personas en una sola noche. 11 mil personas atravesaron Colombia para estar en Ecuador antes del lunes”. 

Rodríguez se pasó a un tono más sombrío cuando entramos en el tema del precio de los pasajes. “Entre el 17 y el 20 de agosto aumentaron un 100 %. Habitualmente valen 200 mil pesos; justo ahora, si los consigues, cuestan unos 330 mil pesos (unos 100 dólares). Y eso porque entre todas las agencias se acordó un boleto unitario, ya que estábamos comenzando a tener conflictos serios y delicados entre nosotros, por la demanda de pasajeros”. En realidad, de lo que habla no es realmente un acuerdo entre las agencias, sino más bien la decisión arbitraria de quienes controlan en realidad el territorio fronterizo: en La Parada no se mueve una hoja sin que los paramilitares lo sepan. Son ellos los que mantienen el orden y controlan las rutas, regulares o no, por las que se transportan los migrantes venezolanos.

Muchos viajan sin la documentación necesaria, pero aquellos que sí cuentan con ella, y planean entrar o salir de manera legal, hacen una larga e insoportable fila para sellar el pasaporte. Los pequeños grupos de paramédicos y de defensa civil de Colombia van entre las líneas chequeando a las personas que esperan durante horas, particularmente a los ancianos y las mujeres con niños en brazos. “Los niños se insolan y se deshidratan, ya que las mujeres no los cubren”, me comenta Erika, una voluntaria del cuerpo de defensa civil. “Aquí intentamos darles agua y hacer lo posible por bajarles la fiebre. El hambre también hace estragos, ellos amanecen aquí a veces sin comer nada. Los ancianos enfermos que sufren de la tensión o el azúcar corren mucho riesgo”. 

Algo que muchos migrantes no saben es que en Rumichaca van a encontrarse con temperaturas cercanas a los 5 grados. No van preparados para el clima, la altura y las condiciones extremas que enfrentarán al llegar a Ipiales o Tulcán. Varias agencias internacionales como Acnur, Unicef y la Oficina Internacional para las Migraciones ya se encuentran en la zona y el gobierno colombiano ha aumentado la presencia de sus funcionarios de migración para evitar que se formen represas de seres humanos. Mientras escribo esto escucho por la radio, aquí en Cúcuta, que el alcalde encargado de Ipiales, Ricardo Romero Sánchez, declaró el estado de calamidad pública en ese municipio. 

Los transportistas tienen su propia perspectiva sobre las medidas que han ido tomando los gobiernos de Ecuador, Perú y Chile para regular el influjo migratorio venezolano. Lo que ellos perciben es que cada vez tienen más trabajo. “Esto es imparable”, concluye Pedro Rodríguez, “es estúpido intentar detenerlo. Esos presidentes nunca dirán por televisión que, hagan lo hagan, se podrá llegar desde el Puerto de Santander hasta Santiago de Chile por trocha. Siempre encontraremos una manera”.  

Porque lo que estamos viendo aquí en la frontera con Cúcuta son familias viajando sin nada, con los niños sobreviviendo con galletas y agua por un viaje de casi cuatro días, luego de los que ya han pasado desplazándose hasta este confín desde sus orígenes dentro de Venezuela. Muchos necesitan cruzar a Ecuador antes de mañana para poder seguir a Perú o Argentina: si estás viajando por tierra, no puedes saltar por encima de distintas regulaciones migratorias; tienes que estar preparado para poder pasar con tus acompañantes por cada uno de los filtros burocráticos. Los que pueden emigrar con un pasaje de avión no están expuestos a esta ruta de trabajos y peligros.

Pero están desesperados, así que cientos de estos migrantes llevan joyas, oro, plata o sus teléfonos para usarlos como parte del pago de sus pasajes de autobús. “Una pasajera me ofreció ayer sus zapatos para completar su pasaje”, dice Pedro Rodríguez. “Yo no se los acepté y corrí con parte de ese gasto ya que no era mucho. Pero no todos son así, muchos asesores y choferes se aprovechan de la necesidad de la gente, las chamas terminan prostituyéndose para llegar a su destino”, concluye Pedro. 

Viajar en estas condiciones aumenta a un nivel crítico la vulnerabilidad de estos refugiados económicos. Corren en contra del reloj dentro de un laberinto lleno de trampas, que a veces son las contradictorias burocracias de los países de tránsito y de acogida, la insuficiente respuesta humanitaria y los múltiples depredadores que los acechan con sus redes de trata humana, el reclutamiento y la esclavitud forzada. 

Es urgente una gestión más apropiada y a la altura de la crisis para salvar vidas. Cada segundo cuenta para personas como Tibisay Andrade, de 39 años, venía viajando desde Carúpano estado Sucre. Llevaba 18 horas de camino junto a su chamo de 6 años cuando la robaron en un baño de carretera en San Cristóbal. No han comido nada en dos días. Nada. “Me siento perdida. Yo tenía mi pasaje completo para llegar hasta Rumichaca y ahora no tengo nada. En Ipiales me esperaban unas amigas que me habían ofrecido trabajo. Estoy incomunicada. Nada más me queda llegar al terminal y ver qué puedo resolver, sentarme a pensar. No sé ni en cuánto está un pasaje justo ahora o si se puedan conseguir. Pero tengo que llegar como sea, dicen que el lunes ya no hay paso. Lo que haya que hacer para irme, lo haré. Debo hacerlo por mí y por mi hijo”.