Anatomía de un coyote

Alejo Zambrano llegó a Cúcuta huyendo de lo que hizo en Venezuela. Ahora vive de ayudar a otros a huir de lo que Venezuela les hizo a ellos. Él dice que cuida a sus migrantes, pero es parte de una industria que explota una desgracia

“Los que cobran arriba son los mismos que cobran abajo”

Foto: Composición de Sofía Jaimes Barreto

Llevo meses intentando entender de qué está hecho el tejido fronterizo. Hace algunos años, en la Universidad de los Andes, mi profesora de Literatura Comparada lo definía como un espacio en constante tensión. Algo que se dilataba o contraía según el tránsito humano que lo atravesaba. Que se moldeaba a través del empuje o arrastre de los individuos, sus motivos,  expectativas y conflictos.

He contemplado por días cómo miles de personas, de todas partes de Venezuela, atraviesan puentes, quebradas, bosques y montañas escapando de la oscuridad y de la muerte. Avanzando con una fuerza desigual e imparable, como un río de gente sobre el cauce de un caño abandonado. Un río a contra corriente, claro está, porque según todos los coyotes que conozco, los senderos que atravesamos hoy ya estaban allí. 

Las fronteras son un no-lugar donde no hay tradición moral alguna, ni justicia, ni siquiera ley. La política es una abstracción y, en la confluencia de la miseria más dura con a la riqueza producto del contrabando, los migrantes deben jugar su mejor carta para sobrevivir. 

“En la frontera todo el mundo necesita algo”, me dice Alejo Zambrano (otro es su nombre verdadero), dando un sorbo a un Aguilón y revisando en sus bolsillos para buscar un yesquero. 

La mesa es de plástico, el calor imposible y los corridos bastante malos. En Cúcuta la cerveza siempre está caliente y a los hombres les gusta contar anécdotas escabrosas al tomar, con el humor denso y oscuro que debe ser característico de las zonas de guerra. Alejo raramente se despega de su celular, nunca escribe un texto, solo envía cientos de mensajes de voz al día a través de una aplicación llamada Signal —la favorita de los sicarios, policías y narcos, ya que cada mensaje se autodestruye al instante de ser escuchado. Su tema son los pasajeros, las rutas y los precios del viaje. Son su mercancía, así se gana la vida. Alejo es un traficante de personas, un canoero en este río de migrantes, un coyote. 

Los pies en la tierra

Comenzó su negocio en el Puerto de Santander, una de las tres entradas principales de los migrantes venezolanos hacia Cúcuta, además de La Parada, Las Tienditas y Ureña, la que conduce al infame puente donde se quemó la gandola de ayuda humanitaria. Lleva alrededor de unos dos años y medio en el negocio. Su acento es una mezcla de barinés, santandereano y paisa. Habla rápido y tiene varios tics, estragos de tantos años de alcohol y trasnochos. Delgado y bajo, sus ojos son enormes y vidriosos. Luce un bigote de varios días y una franela curtida. 

Como todos aquí, Alejo Zambrano viene escapando de algo: mató por equivocación a su mejor amigo mientras pagaba servicio militar en El Amparo en 2002. Sin embargo, no huye de la justicia por ello: pagó condena en Apure y, luego de ser liberado, intentó muchos oficios, pero nunca logró estar en paz; quería tanto al hombre que mató que hasta le puso su nombre a un hijo.

Todo en el llano le recordaba su crimen, así que como tenía doble nacionalidad se vino a Colombia para huir de sus propios fantasmas. 

El hombre suele ser cínico y sarcástico en su trato cotidiano, pero cuando conversa sobre su trabajo, un dejo turbio matiza sus palabras. Yo le escucho, le pido que me hable de su negocio y que me explique cómo funciona la dinámica fronteriza. “Todo se trata de tener conexiones, parce. Tener alguien en Rumichaca, en Tumbes, en Tacna. Podemos ponerte en Ushuaia, en el quinto coño por allá. Gente de confianza que no te quiera tumbar el negocio, secuestrar el pasajero, cobrar de más o dejar botada a la gente en donde no es. A mí no me gusta eso, a mí me interesa que me recomienden, que se muevan mis redes”, dice como un empresario orgulloso.

Las redes de tráfico humano comienzan en Venezuela. Muchos no saben que hasta los buses para venir a comprar comida a Cúcuta están controlados por mafias, que compiten entre sí. De lado y lado, los choferes pagan vacuna a los grupos armados: el departamento Norte de Santander se mantiene en un equilibrio de fuerzas entre las guerrillas del ELN, sus peones —los colectivos chavistas en Venezuela—, y los paramilitares “desmovilizados” del lado colombiano. Como se mueve tanta gente por día, la cantidad de dinero es imposible de calcular. Todo se cobra, y hasta efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana y la Policía Nacional Colombiana obtienen su parte por simplemente no intervenir. 

Estas redes de caminos y autobuses atraviesan toda Colombia, Perú y Ecuador. “Los que cobran arriba son los mismos que cobran abajo”, me dice Zambrano. Aunque en las noticias se describe a los coyotes como actores sin mucho alcance, en la práctica están tratando de encauzar el flujo migratorio para sus propios intereses, a costa de los refugiados. Igual que en el norte de África.

Zambrano se encuentra en un nivel medio de la pirámide del tráfico de personas: tiene su propio negocio, conexiones y reputación. Intenta ir a la vanguardia captando a sus pasajeros por Facebook, WhatsApp o Telegram, agendando en Google Calendar y usando bots en las redes para responder las preguntas frecuentes de los pasajeros. Sabe de publicidad y gestión de redes sociales y estudia sus estadísticas. 

Entrena a sus “asesores” para conseguir clientes en los puentes pero siempre es él quien cierra el trato: “Yo agarro a los pasajeros,  los escucho y les pregunto qué les ofrecieron. Hay asesores charleros que se ponen a ofrecer acupuntura, piscina, masajes. Yo los hago poner los pies en tierra y eso les da confianza. Si tienen la plata viajarán cómodos y tranquilos, si van contra todo y sin nada… bueno, ahí veremos cómo los acomodamos”.

Una foto por si acaso

Los asesores o jaladores, junto con los caleteros, son la clase obrera de este negocio. Usan su intuición para cazar a los más vulnerables en la marabunta que cruza todos los días el puente: la embarazada con varios niños de la mano, los que llevan a sus ancianos y enfermos a rastras, las familias enteras mudándose a otro país, los jóvenes solos o en pareja sin un plan concreto. Usan su labia para convencerlos de viajar con tal o cual agencia. 

“Un pasaje nacional para el colombiano promedio sale alrededor de 82 mil pesos”, cuenta Zambrano. “Pero para un venezolano sin papeles un viaje nacional sale en 130 mil pesos. Al asesor le quedarán 10 mil por traerme el pasajero, a mí unos 15 mil por concretar el negocio. El chofer también se queda con algo, como un seguro si los para la policía. Si el pasajero llega tranquilo, se quedan esos reales. Cuando viajan con niños o mandan menores solos, los pasajes se cobran más caros, para que no les pase nada en el camino. Cada niño mayor de cuatro años paga como un adulto. Una mujer sin papeles y con niños puede llegar a pagar 180 mil pesos por trasladarse segura. Habrá quien se lo venda a 80 mil, pero podría pasarles cualquier cosa”.

Me asegura que, a diferencia de otros coyotes, a él sí le interesa la seguridad de la gente. Los sigue hasta su arribo en Lima, Quito o Buenos Aires. Sus servicios suelen ser más costosos por eso. Me muestra en su celular imágenes de migrantes tomándose algo en una taguara o bajándose de los buses. “A los pasajeros se le toman fotos para darle seguridad a los familiares que les compraron su pasaje desde afuera y para estar pendientes por si les pasa algo. Si los paran por ahí, con las fotos uno puede preguntarle al chofer a cuáles dejaron pegados. Si se pierden, sirve para mandarlos a buscar. Desde antes de recogerlos en Venezuela ya sabemos quiénes son. En cada lugar que se detengan, hay alguien monitoreándolos”. La foto es como el número de tracking de un paquete.

Dice que todo en la frontera es cuestión de suerte. Quienes controlan los caminos son jueces y verdugos.

Ciegos de desesperación, los migrantes terminan muchas veces estafados o robados, e incluso en lugares más oscuros, como la trata sexual, el narcotráfico y la esclavitud. 

Zambrano cree que esos coyotes arruinan el negocio. Él ve a las personas como un bien que conviene más proteger que destruir. Un pasajero contento trae más clientes que un asesor malandro. 

Las ovejas, los lobos y el pastor

“Si tienes tres chinos sin papeles, habla conmigo. Si tienes que pasar a juro para ver a tus familiares enfermos y no tienes pasaporte para sellar, habla conmigo. Si estás escapando porque, coño, te quieren joder o estás jodido, ahí te pasamos. Eso sí, el precio lo pondrá la medida de tu problema”.

Cuando le pregunto si ha tenido problemas con las autoridades migratorias, o cómo han tomado las nuevas medidas más estrictas para cruzar en lugares como Perú o Chile me dice que se trata de acumular favores. “Tenemos gente en todas partes. Funcionarios en el Saime, gestores en Venezuela, oídos y ojos en migración Colombia, migración Ecuador y migración Perú. Chile sigue siendo el destino más complicado: hay que atravesar un desierto que hasta minas antipersonas tiene sembradas. Tampoco sus agentes se ablandan con la plata. Ahí tendremos que subir la barra”.

Llevamos unas cinco rondas y debe irse a recibir a un grupo grande que viene de Portuguesa, con destino Quito. Piensa que la mayoría de los migrantes tiene expectativas demasiado altas, que quieren un “sueño americano” pero en América Latina. Otros viajan maldiciendo un lugar al que ni siquiera han llegado. 

“Yo sí me encariño con los pasajeros”, dice Alejo Zambrano mientras deja su parte de la cuenta bajo una botella vacía. “A veces son tres o cuatro días conviviendo con ellos. Mi meta es que no se asusten. Hay que entretenerlos, hacerlos reír. Que confíen en uno. Que entiendan que uno no es el lobo, sino quizás un pastor”.

Esta pieza se publicó también en inglés en Caracas Chronicles